lunes, 10 de marzo de 2014

¿Qué es lo que deseas? - Koreander

Y aquí tenemos al relato ganador del primer concurso de relatos

¿Qué es lo que deseas?
por Koreander

Mientras esperaba en la acera la llegada de la ambulancia en la que voy al centro de rehabilitación, al que acudo desde hace más de quince años, tras sufrir el accidente que me postró en silla de ruedas, no podía evitar sentirme más intranquilo que nunca. Esperaba que llegase mi transporte con más nervios y ganas que un novio cuando espera ver aparecer a su futura mujer por la puerta de la iglesia y cada minuto se hace eterno y se llena de todo tipo de dudas irracionales. Debe de ser por la mala noche que he pasado; siempre he soñado mucho, pero esta noche ha sido distinta de todas. Algo me dice que lo que vi ha sido más real que de costumbre.

Al bajar por la rampa de la ambulancia, observo que todo sigue igual: algunos compañeros toman el sol en la entrada, como si fuesen baterías que necesitan esa luz para poder funcionar, otros están en la sombra. Unos solos, otros acompañados. Como todo en esta vida, cada uno tiene sus preferencias. Me tranquiliza que todo siga igual, todo menos yo, que no puedo dejar de sentir que algo ocurrirá hoy. Saludo y paso de largo, le pido al conductor que me lleve al hall y me deje en un sitio un poco apartado.

Es la hora de entrar. Me viene a buscar una de las terapeutas, es una chica afable y cariñosa. Mientras que entramos en el gimnasio, no puedo evitar sentir como si flotase, cosa que en cierto modo es verdad, porque mis pies hace mucho tiempo que no pisan el suelo. Ocupamos nuestro lugar en la mesa, todos en nuestro sitio, no por norma pero sí por costumbre. Noto un escalofrío por la espalda, un calambre que me recorre todo el cuerpo. Todo a mi alrededor empieza a ralentizarse. Mis compañeros, los trabajadores del centro, incluso mi corazón se detiene y una negrura sin fin ciega mis ojos.

Empiezo a abrir los ojos despacio, con dificultad. Comienzo a distinguir una luz suave, débil, una claridad a mi alrededor enfermiza, falta de toda fuerza. A la vez, mis oídos perciben un tintineo de sonidos de diferentes intensidades, rechinantes y desagradables. parece la música de una feria diabólica. Mi cuerpo me pesa, soy incapaz de mover ni un solo músculo, como si la gravedad hubiese multiplicado por mil su fuerza. Estoy tremendamente sofocado, sin fuerzas. Mis pulmones a duras penas consiguen insuflarme el oxígeno suficiente para seguir consciente. Los noto como si estuviesen llenos de alquitrán. Todas estas sensaciones no por horribles dejan de ser conocidas para mí, estoy en la UVI de un hospital, luchando para no morir de asfixia.

La puerta se abre y aparece una mujer con uniforme blanco, el típico de un hospital. A pesar de la limpieza que le provoca su vestimenta, noto en seguida la suciedad de su alma. Se acerca a mí y comienza a hablar: "¿Qué tal nos encontramos? Menuda pregunta más tonta he hecho, estás fatal, , a punto de morir de una forma terrible. Pero tú siempre has sabido que este iba a ser tu destino, ¿verdad?"

Intento hablar, preguntarle quién es, por qué cojones me habla así. Por mucho que lo intento, no consigo emitir ninguna palabra. Ella esboza una sonrisa y prosigue: “No me mires así, vengo a darte una oportunidad: llevo oyendo tus quejas y súplicas durante años… que si ¿por qué me pasó esto a mí? ¿Por qué mis amigos me dejaron? ¿Por qué no encuentro pareja? Etc. Etc. ¡qué pesado eres! Pero todo esto va a cambiar radicalmente de una manera sencilla: mañana me darás una vida a cambio de una nueva para ti. Sé bien lo que siempre has deseado y pronto será tuyo. A estas alturas ya debes saber de sobra quién soy ¿verdad? El pacto ya está firmado, olvídate de tener que firmar con sangre en un pergamino. Esa idea la tenéis todos de las putas películas de Hollywood. Tus ruegos y tus deseos más oscuros ya lo firmaron por ti, ni hay otras opciones ni escapatoria."

Se acerca un poco más, hasta situarse justo a mi lado. A pesar de lo dramático de la situación, no puedo evitar fijarme en ella: es una mujer preciosa, bonita de verdad, de unas proporciones físicas perfectas y con la típica cara de chica sofisticada que va por el mundo proclamando “estoy buena y lo sé”. Si esto es todo un sueño, tres hurras por mi subconsciente (es lo que hace llevar tantos años de celibato obligado).

Alarga su mano y coge la mía. La gira con delicadeza, dejando a la vista mi muñeca. Pone su dedo corazón encima y a la vez que aprieta me dice "esto es para que no lo olvides". El dolor que noto a continuación es seco y penetrante, en un segundo recorre todo mi cuerpo, estremeciendo mi corazón, obligándolo a dejar de latir. Ya no me hace tanta gracia que esté tan buena. La vista se me nubla como si una niebla densa lo ocupase todo. Las pocas fuerzas que tenía me abandonan y, mientras me pierdo en el limbo, intuyo una sonrisa pérfida en su rostro.

Al instante me vuelvo a encontrar colocado en la mesa de terapia. El gimnasio ha recuperado su imagen real y uno de los terapeutas se acerca a mí con la actividad que tienen programada hoy para mí. Aún tengo los sentidos espesos, por más que intento concentrarme no consigo oír con claridad las conversaciones que a mi alrededor se están produciendo. Imagino que serán las típicas, comentando lo que hicimos el día anterior, hablando de algún acontecimiento deportivo reciente, desahogándonos de algunos de nuestros problemas. El grupo que formamos pacientes y profesionales del centro se presta a una comunicación sincera, que siempre ayuda en estos casos.

Durante estos breves segundos me encuentro mejor y consigo entender las palabras de mi terapeuta: "Hoy te voy a movilizar las manos y luego un poco de lana, ¿te parece bien el plan?" dice mientras me sonríe."Por mí perfecto, ya sabes que soy muy obediente”,  digo mientras le devuelvo su gesto amistoso. Tengo muy buen rollo con ella. Se coloca a mi lado y me quita con delicadeza la muñequera, mientras empieza el estiramiento de los dedos.
No tardo ni dos segundos en ver la marca: es como una quemadura en forma de estrella. Ella también la ve. "¿Te has dado cuenta de esto? Tienes que tener cuidado con estas rozaduras".

Me quedo callado, más bien petrificado, como si hubiese visto la cabeza de la medusa. "Qué curioso, parece una estrella. De momento no es preocupante, échale bien algo de crema y seguro que pronto desaparece. Le comenté a la doctora lo de la pierna, en quince minutos te recibe en el despacho. Aprovecha y, aunque no sea nada, enséñale la rojez ¿de acuerdo?”
“Sí, sí… aprovecho y se lo digo”. Qué iba a contestar, si estaba paralizado por el miedo. Los siguientes minutos pasaron volando, y en un santiamén me encontraba en el despacho de la doctora.

Frente a frente el uno del otro, esta doctora lleva poco tiempo con nosotros, no más de un año y medio. Es la primera vez que voy a hablar con ella y sólo sé de lo que me han comentado: mis compañeros dicen que les trató bastante bien, preocupándose bastante de sus dudas y de buscar soluciones a sus problemas. Tiene unos 36 años, estuvo trabajando en Toledo un tiempo y viene respaldada por un buen currículum. Está casada y tiene un hijo. Al final en el gimnasio te enteras de todo, siempre hay alguien que te pone al día de los cotilleos.

Una vez nos hemos saludado, va directa al asunto. Me da la impresión de que quiere terminar cuanto antes. Me coloca en paralelo junto a su mesa y se agacha para empezar a explorar el tobillo, a la vez que coge mi informe de la mesa. un fogonazo repentino, como la luz de un foco, deja al descubierto un abrecartas de metal, seguramente de plata. La luz que entra por la ventana hace que brille con una intensidad inusitada, me es imposible apartar mi vista de él. Parezco una urraca deseosa de conseguir una nueva baratija que llevar al nido.

Comienzan a suceder los mismos hechos que en el gimnasio. La doctora se ralentiza, pero esta vez sin llegar a detenerse por completo. Está a la altura de mis rodillas, tomando poco a poco la posición necesaria para mirarme el tobillo. Su cabeza, ligeramente inclinada hacia abajo, deja ante mis ojos su nuca.

Siento que mi cuerpo despierta, como una corriente eléctrica que me recorre desde la punta de los dedos hasta el último pelo de la cabeza, devolviendo la sensibilidad a mi ser. Noto como mis músculos recuperan su fuerza y vigor. Es impresionante que estas sensaciones vuelvan con la misma rapidez que desaparecieron en el momento del accidente. Mi brazo actúa con vida propia, se va acercando poco a poco hasta donde se encuentra el abrecartas. Mis dedos empiezan a estirarse. Parece que están despertando de un largo sueño. Se posan suavemente encima del objeto fatal y lo envuelven entre ellos con fuerza. De inmediato, siento el frío del metal en mi mano.

Tanto tiempo sin saber lo que es sentir hace que me recorra un escalofrío. Parece estar hecho de hielo. El brazo se coloca con un movimiento casi mecánico encima de la nuca de la mujer. Mi articulación me devuelve el control sobre ella, me dice “aquí está tu oportunidad, ahora depende de ti”. En el filo de lo que ahora se ha convertido en mi arma se reflejan todos mis deseos: mi adolescencia no vivida, con sus fiestas y excesos, la sensación de libertad total. El primer momento con una chica en la cama, el deseo mezclado con el miedo, amores de juventud, siempre extremos , para bien o para mal. Incluso me parece que estoy teniendo una erección brutal ahora mismo ¡¡Joder, qué gusto!!

Mientras tanto, siguen apareciendo imágenes: ahora estoy en el altar de la iglesia, rodeado de la gente que me quiere. Todos felices, contentos. Mi madre, a mi lado, me agarra la mano, me mira de manera cómplice para tranquilizarme. Su cara irradia una felicidad indescriptible. Luego, una barriga perfectamente ovalada, como un huevo sorpresa que lleva dentro el mejor regalo del mundo: mi hijo.
Una figura humana se empieza a hacer visible en el despacho: es ella, de nuevo. Ahora no me habla, sólo me mira. No hace falta palabra alguna para que entienda el mensaje. Sus ojos se clavan en mi mente.

Esbozo una pequeña sonrisa y mando a mi cuerpo mi primera orden en años: mi brazo se desplaza hacia la derecha, alejándose de la nuca. Mis dedos se abren, dejando caer el abrecartas al suelo. Parece mentira que un ser más antiguo que el tiempo se haya podido equivocar tanto conmigo: yo nunca haría algo así, jamás. A medida que el objeto cae al suelo, ella mueve su cabeza y su mano, con gestos claros de desaprobación. Parece decir “no, no, no, muy mal hecho”. En el mismo instante que el abre cartas toca el suelo, ella se esfuma, al igual que mi movilidad y sensibilidad. Espero no verla nunca más.
La doctora recupera su fluir natural, pone en su sitio en abrecartas y me comenta que no nota nada raro en el tobillo. Va a llamar a los celadores para tumbarme en su camilla y poder revisarme mejor la pierna. Ni se imagina la situación que acaba de suceder. A veces vivir en la ignorancia es una bendición.

Ya tumbado en la camilla, mi cuerpo y mi mente se relajan por fin, como si estuviese acostado entre nubes. Mi vida no es perfecta, es verdad que carece de algunas cosas, pero está llena de muchas otras que me hacen feliz y yo he aprendido a disfrutar de ellas.
Inés, que así es como se llama la doctora, abre un armario y coge una almohada. Se acerca hasta donde tengo colocada mi cabeza. Cuando se coloca a mi altura me fijo como una lágrima le resbala por la cara. Su gesto ha cambiado, refleja angustia y desesperación. Me fijo en su muñeca y ahí está, tiene la misma marca que yo la mía: una estrella que no es como la que guía a los marineros a su destino, más bien indica cual va a ser el mío. Antes de que me dé tiempo a gritar, la almohada ya está oprimiendo mi cara, negándome el aire que me rodea. Intento revolverme con todas mis fuerzas, pero enseguida me doy cuenta de que es un esfuerzo inútil. Ni siquiera mis ganas de vivir consiguen abrir una brecha en la muralla blanca en la que ahora se ha convertido la almohada. Mi existencia se evapora de este mundo mientras recuerdo mi vida. Ahora ya no me acuerdo de mis deseos.





 

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