Y aquí tenemos al relato ganador del primer concurso de relatos
¿Qué es lo que deseas?
por Koreander
Mientras esperaba en la acera la llegada de la ambulancia en la que
voy al centro de rehabilitación, al que acudo desde hace más de quince años,
tras sufrir el accidente que me postró en silla de ruedas, no podía evitar
sentirme más intranquilo que nunca. Esperaba que llegase mi transporte con más
nervios y ganas que un novio cuando espera ver aparecer a su futura mujer por
la puerta de la iglesia y cada minuto se hace eterno y se llena de todo tipo de
dudas irracionales. Debe de ser por la mala noche que he pasado; siempre he
soñado mucho, pero esta noche ha sido distinta de todas. Algo me dice que lo
que vi ha sido más real que de costumbre.
Al bajar por la rampa de la ambulancia, observo que todo sigue igual:
algunos compañeros toman el sol en la entrada, como si fuesen baterías que
necesitan esa luz para poder funcionar, otros están en la sombra. Unos solos,
otros acompañados. Como todo en esta vida, cada uno tiene sus preferencias. Me
tranquiliza que todo siga igual, todo menos yo, que no puedo dejar de sentir
que algo ocurrirá hoy. Saludo y paso de largo, le pido al conductor que me
lleve al hall y me deje en un sitio un poco apartado.
Es la hora de entrar. Me viene a buscar una de las terapeutas, es una
chica afable y cariñosa. Mientras que entramos en el gimnasio, no puedo evitar
sentir como si flotase, cosa que en cierto modo es verdad, porque mis pies hace
mucho tiempo que no pisan el suelo. Ocupamos nuestro lugar en la mesa, todos en
nuestro sitio, no por norma pero sí por costumbre. Noto un escalofrío por la
espalda, un calambre que me recorre todo el cuerpo. Todo a mi alrededor empieza
a ralentizarse. Mis compañeros, los trabajadores del centro, incluso mi corazón
se detiene y una negrura sin fin ciega mis ojos.
Empiezo a abrir los ojos despacio, con dificultad. Comienzo a
distinguir una luz suave, débil, una claridad a mi alrededor enfermiza, falta
de toda fuerza. A la vez, mis oídos perciben un tintineo de sonidos de
diferentes intensidades, rechinantes y desagradables. parece la música de una
feria diabólica. Mi cuerpo me pesa, soy incapaz de mover ni un solo músculo,
como si la gravedad hubiese multiplicado por mil su fuerza. Estoy tremendamente
sofocado, sin fuerzas. Mis pulmones a duras penas consiguen insuflarme el
oxígeno suficiente para seguir consciente. Los noto como si estuviesen llenos
de alquitrán. Todas estas sensaciones no por horribles dejan de ser conocidas
para mí, estoy en la UVI de un hospital, luchando para no morir de asfixia.
La puerta se abre y aparece una mujer con uniforme blanco, el típico
de un hospital. A pesar de la limpieza que le provoca su vestimenta, noto en
seguida la suciedad de su alma. Se acerca a mí y comienza a hablar: "¿Qué
tal nos encontramos? Menuda pregunta más tonta he hecho, estás fatal, , a punto
de morir de una forma terrible. Pero tú siempre has sabido que este iba a ser
tu destino, ¿verdad?"
Intento hablar, preguntarle quién es, por qué cojones me habla así.
Por mucho que lo intento, no consigo emitir ninguna palabra. Ella esboza una
sonrisa y prosigue: “No me mires así, vengo a darte una oportunidad: llevo
oyendo tus quejas y súplicas durante años… que si ¿por qué me pasó esto a mí?
¿Por qué mis amigos me dejaron? ¿Por qué no encuentro pareja? Etc. Etc. ¡qué
pesado eres! Pero todo esto va a cambiar radicalmente de una manera sencilla:
mañana me darás una vida a cambio de una nueva para ti. Sé bien lo que siempre
has deseado y pronto será tuyo. A estas alturas ya debes saber de sobra quién
soy ¿verdad? El pacto ya está firmado, olvídate de tener que firmar con sangre
en un pergamino. Esa idea la tenéis todos de las putas películas de Hollywood.
Tus ruegos y tus deseos más oscuros ya lo firmaron por ti, ni hay otras
opciones ni escapatoria."
Se acerca un poco más, hasta situarse justo a mi lado. A pesar de lo
dramático de la situación, no puedo evitar fijarme en ella: es una mujer
preciosa, bonita de verdad, de unas proporciones físicas perfectas y con la
típica cara de chica sofisticada que va por el mundo proclamando “estoy buena y
lo sé”. Si esto es todo un sueño, tres hurras por mi subconsciente (es lo que
hace llevar tantos años de celibato obligado).
Alarga su mano y coge la mía. La gira con delicadeza, dejando a la
vista mi muñeca. Pone su dedo corazón encima y a la vez que aprieta me dice
"esto es para que no lo olvides". El dolor que noto a continuación es
seco y penetrante, en un segundo recorre todo mi cuerpo, estremeciendo mi
corazón, obligándolo a dejar de latir. Ya no me hace tanta gracia que esté tan
buena. La vista se me nubla como si una niebla densa lo ocupase todo. Las pocas
fuerzas que tenía me abandonan y, mientras me pierdo en el limbo, intuyo una
sonrisa pérfida en su rostro.
Al instante me vuelvo a encontrar colocado en la mesa de terapia. El
gimnasio ha recuperado su imagen real y uno de los terapeutas se acerca a mí
con la actividad que tienen programada hoy para mí. Aún tengo los sentidos
espesos, por más que intento concentrarme no consigo oír con claridad las
conversaciones que a mi alrededor se están produciendo. Imagino que serán las
típicas, comentando lo que hicimos el día anterior, hablando de algún
acontecimiento deportivo reciente, desahogándonos de algunos de nuestros
problemas. El grupo que formamos pacientes y profesionales del centro se presta
a una comunicación sincera, que siempre ayuda en estos casos.
Durante estos breves segundos me encuentro mejor y consigo entender
las palabras de mi terapeuta: "Hoy te voy a movilizar las manos y luego un
poco de lana, ¿te parece bien el plan?" dice mientras me sonríe."Por
mí perfecto, ya sabes que soy muy obediente”,
digo mientras le devuelvo su gesto amistoso. Tengo muy buen rollo con
ella. Se coloca a mi lado y me quita con delicadeza la muñequera, mientras
empieza el estiramiento de los dedos.
No tardo ni dos segundos en ver la marca: es como una quemadura en
forma de estrella. Ella también la ve. "¿Te has dado cuenta de esto?
Tienes que tener cuidado con estas rozaduras".
Me quedo callado, más bien petrificado, como si hubiese visto la
cabeza de la medusa. "Qué curioso, parece una estrella. De momento no es
preocupante, échale bien algo de crema y seguro que pronto desaparece. Le
comenté a la doctora lo de la pierna, en quince minutos te recibe en el
despacho. Aprovecha y, aunque no sea nada, enséñale la rojez ¿de acuerdo?”
“Sí, sí… aprovecho y se lo digo”. Qué iba a contestar, si estaba
paralizado por el miedo. Los siguientes minutos pasaron volando, y en un
santiamén me encontraba en el despacho de la doctora.
Frente a frente el uno del otro, esta doctora lleva poco tiempo con
nosotros, no más de un año y medio. Es la primera vez que voy a hablar con ella
y sólo sé de lo que me han comentado: mis compañeros dicen que les trató
bastante bien, preocupándose bastante de sus dudas y de buscar soluciones a sus
problemas. Tiene unos 36 años, estuvo trabajando en Toledo un tiempo y viene
respaldada por un buen currículum. Está casada y tiene un hijo. Al final en el
gimnasio te enteras de todo, siempre hay alguien que te pone al día de los cotilleos.
Una vez nos hemos saludado, va directa al asunto. Me da la impresión
de que quiere terminar cuanto antes. Me coloca en paralelo junto a su mesa y se
agacha para empezar a explorar el tobillo, a la vez que coge mi informe de la
mesa. un fogonazo repentino, como la luz de un foco, deja al descubierto un
abrecartas de metal, seguramente de plata. La luz que entra por la ventana hace
que brille con una intensidad inusitada, me es imposible apartar mi vista de
él. Parezco una urraca deseosa de conseguir una nueva baratija que llevar al
nido.
Comienzan a suceder los mismos hechos que en el gimnasio. La doctora
se ralentiza, pero esta vez sin llegar a detenerse por completo. Está a la
altura de mis rodillas, tomando poco a poco la posición necesaria para mirarme
el tobillo. Su cabeza, ligeramente inclinada hacia abajo, deja ante mis ojos su
nuca.
Siento que mi cuerpo despierta, como una corriente eléctrica que me
recorre desde la punta de los dedos hasta el último pelo de la cabeza,
devolviendo la sensibilidad a mi ser. Noto como mis músculos recuperan su
fuerza y vigor. Es impresionante que estas sensaciones vuelvan con la misma
rapidez que desaparecieron en el momento del accidente. Mi brazo actúa con vida
propia, se va acercando poco a poco hasta donde se encuentra el abrecartas. Mis
dedos empiezan a estirarse. Parece que están despertando de un largo sueño. Se
posan suavemente encima del objeto fatal y lo envuelven entre ellos con fuerza.
De inmediato, siento el frío del metal en mi mano.
Tanto tiempo sin saber lo que es sentir hace que me recorra un
escalofrío. Parece estar hecho de hielo. El brazo se coloca con un movimiento
casi mecánico encima de la nuca de la mujer. Mi articulación me devuelve el
control sobre ella, me dice “aquí está tu oportunidad, ahora depende de ti”. En
el filo de lo que ahora se ha convertido en mi arma se reflejan todos mis
deseos: mi adolescencia no vivida, con sus fiestas y excesos, la sensación de
libertad total. El primer momento con una chica en la cama, el deseo mezclado
con el miedo, amores de juventud, siempre extremos , para bien o para mal.
Incluso me parece que estoy teniendo una erección brutal ahora mismo ¡¡Joder,
qué gusto!!
Mientras tanto, siguen apareciendo imágenes: ahora estoy en el altar
de la iglesia, rodeado de la gente que me quiere. Todos felices, contentos. Mi
madre, a mi lado, me agarra la mano, me mira de manera cómplice para
tranquilizarme. Su cara irradia una felicidad indescriptible. Luego, una
barriga perfectamente ovalada, como un huevo sorpresa que lleva dentro el mejor
regalo del mundo: mi hijo.
Una figura humana se empieza a hacer visible en el despacho: es ella,
de nuevo. Ahora no me habla, sólo me mira. No hace falta palabra alguna para
que entienda el mensaje. Sus ojos se clavan en mi mente.
Esbozo una pequeña sonrisa y mando a mi cuerpo mi primera orden en
años: mi brazo se desplaza hacia la derecha, alejándose de la nuca. Mis dedos
se abren, dejando caer el abrecartas al suelo. Parece mentira que un ser más
antiguo que el tiempo se haya podido equivocar tanto conmigo: yo nunca haría
algo así, jamás. A medida que el objeto cae al suelo, ella mueve su cabeza y su
mano, con gestos claros de desaprobación. Parece decir “no, no, no, muy mal
hecho”. En el mismo instante que el abre cartas toca el suelo, ella se esfuma,
al igual que mi movilidad y sensibilidad. Espero no verla nunca más.
La doctora recupera su fluir natural, pone en su sitio en abrecartas y
me comenta que no nota nada raro en el tobillo. Va a llamar a los celadores
para tumbarme en su camilla y poder revisarme mejor la pierna. Ni se imagina la
situación que acaba de suceder. A veces vivir en la ignorancia es una
bendición.
Ya tumbado en la camilla, mi cuerpo y mi mente se relajan por fin,
como si estuviese acostado entre nubes. Mi vida no es perfecta, es verdad que
carece de algunas cosas, pero está llena de muchas otras que me hacen feliz y
yo he aprendido a disfrutar de ellas.
Inés, que así es como se llama la doctora, abre un armario y coge una
almohada. Se acerca hasta donde tengo colocada mi cabeza. Cuando se coloca a mi
altura me fijo como una lágrima le resbala por la cara. Su gesto ha cambiado,
refleja angustia y desesperación. Me fijo en su muñeca y ahí está, tiene la
misma marca que yo la mía: una estrella que no es como la que guía a los
marineros a su destino, más bien indica cual va a ser el mío. Antes de que me
dé tiempo a gritar, la almohada ya está oprimiendo mi cara, negándome el aire
que me rodea. Intento revolverme con todas mis fuerzas, pero enseguida me doy
cuenta de que es un esfuerzo inútil. Ni siquiera mis ganas de vivir consiguen
abrir una brecha en la muralla blanca en la que ahora se ha convertido la
almohada. Mi existencia se evapora de este mundo mientras recuerdo mi vida.
Ahora ya no me acuerdo de mis deseos.
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