lunes, 10 de marzo de 2014

Cartas a Zipango- Autoestopista a Shambhala

Cartas a Zipango
por Autoestopista a Shambhala
“Todo comenzó un día, o puede que nunca lo hiciera, lo cierto es que nunca lo olvidaré. Tan cierto así, que quienes me acompañaban en la mesa de Terapia ese día, ninguno lo olvidará, aunque no hubieran estado allí. Y es  vital, desesperado y necesario, que este hecho sea relatado, porque aquella luz, que sin aviso ni permiso nos rodeó, nos cambió la vida...”
Querido lector, ya ve que este pudo haber sido el inicio de un relato, que con un mínimo de habilidad, pudo ser interesante a ratos; pero he de advertir desde ahora, en un ejercicio de honestidad, que no será así, que este texto será un cuento que a ningún lado irá, y muy poco contará. Un relato, que al no poder relatar, quedará como una historia sin fin, que además por principios, nunca tuvo un principio. Que sin tiempo ni espacio, sin velocidad ni ritmo, despacio, su único sentido es, resultar ser un sinsentido. Así que colorín colorado, este no-cuento... Ha comenzado.


Disculpas he de pedir, ojalá comenzará aquí un cuento, pero no contamos con un escritor con un mínimo de talento. Que con paciencia y conocimiento, de forma y figura a las palabras, y ensamblando párrafos, sea de los que historias labra. Que sin prisas pero sin pausas le fluya un texto adecuado, y que cuente con destreza algo que deba ser contado. Pero es que para empezar a contar, como mínimo, hay que contar con ciertos elementos, y ni eso tenemos ¿Qué cuáles son? Os cuento:
  1.  Escenarios, mundos que habitar y donde hilvanar historias.

Que se me ocurre podría ser un taller. Un taller en el que rotan rotos espíritus, almas, fantasmas y espectros, todos vivos, todos muertos, que dicen que van y vienen, pero que sospechas, que muchos no se mueven. Al que van a reparar cosas que escapan al entendimiento.
Que la mentira oficial diga, que es para reparar cuerpos quebrados por crueles hipotenusas, lo cierto  es, que es a donde van a repararse cosas difusas, de esas no evidentes, de esas solo visibles a corazones vivos de pequeños príncipes errantes y valientes. De esas cosas que los carnales espíritus solo sospechan, y que de su existencia, solo sienten las consecuencias que tienen por su carencia.
Y aunque algunos no lo sepan, todos van a eso, es un taller lleno de artefactos, ingenios y maravillas, de útil inutilidad, que todo mezcla y desdibuja, en el cual, quien dice reparar es reparado, y el que es reparado cede su silla.
    2. Personajes, habitantes fascinantes, hilos de la diversidad para tramas que den voz a historias y cuenten historias a voces.
Se necesitan heroínas de brillantes sonrisas, de voces suaves como filos de espadas, que con risas alegres como truenos de colores corten miedos y potencien vidas. A guerreros tranquilos, maestros en las artes de la anti-gravedad, a los que los ruidos del miedo nunca perturbarán. Brujos, shamanes, curanderas, quirománticas de lo concéntrico, malabaristas de cuerpos y funambulistas inciertos.
A villanos llenos de bondad oculta, amargados y a mar ahogados en razones equivocadas. Víctimas, victimarios, trastornados y trastornadores. A los personajes que decidieron quedarse de espectador, o no supieron cómo reencontrar las audiciones de la vida. Y a los que decidieron ser protagonistas de sus vidas, de mil vidas, de otras vidas, a pesar del pesar de los pesares.
Se necesitan monstruos y bestias bellas, aberraciones, fenómenos y quimeras, toda clase de criaturas malditas, maravillosas. Erigidas por la vida, reformadas por los elementos, elevadas por la brisa, erosionadas por los suelos. Que hagan soñar sueños, que hagan soñar pesadillas.
Y se necesita al hombre tranquilo, la voz calma omnisciente, omnipresente, que narre cual maestre capitán desde las naves del ensueño, que cuente con lenguajes exóticos, que estimule las mentes inquietas a que inventen historias de verdades y mentiras, escritas con la fuerza de nueves vidas.

3.  Una historia, para bordar locaciones y personajes.
Ya sea con arquetipos arcanos, que nos lleven épicos por los viajes del héroe, a largos viajes iniciáticos que no van más allá que al interior del corazón y la mente. Que disfrazados de mil formas, van contando lo mismo, generación tras generación, pero nos fascinan como siempre. Vestirla de mil géneros, o dejarla libre, transgénero, rompiendo reglas y fundamentos, creando nuevas, para romperlas de nuevo, y darse cuenta al final que ya todo fue hecho.
Con motivaciones que muevan las almas de papel y tinta e insuflen vida, con Macguffins que sean el motor de todo y de nada, más que la nada en sí misma. Que estimulen al cerebro lector con historias que lo lleven al clímax, para luego con el desenlace dar el merecido alivio literario a tanta atracción textual.
Y he aquí el principal escoyo, carecemos de una importante pieza, sin la cual está condenada al fracaso esta empresa.

4. Por último se necesita una víctima, se necesita al lector, a ti, quien esto lee (o esa esperanza se tiene).
A una mente, corpórea o etérea, que baile sus ojos por las palabras pescando sus significados, construyendo en cada oración, frase y palabra, acción, emoción, verbo y predicado. Gracias a la magia de la gramática y la belleza de la ortografía, el mundo que se ha escrito, vaya tomando forma y sentido,  así sea, un deforme sinsentido.
Que lo disfrute, o lo sufra, que al sentir al latir su corazón se dé cuenta, de su vital rol, que también cuenta. Que la Nada que devora Fantasía se detendrá cada vez que su alma vuele libre más allá del relato y sea su imaginación la que cree y recree mundos, la que dé forma a nuevas formas de vida, a nuevas formas, de vivir vidas.

Y hasta aquí queda esto, hecho con prisas y a destiempo, tratando de vender el humo propio de los que viven del cuento. Que este escritor de eso no vive, pero tiene mucho cuento, y exprimiendo en la premura a musas abusadas se crea no-cuentos de la nada que no cuentan nada. Y con texto errático y pretencioso, se lanza a trompicones y empujando reglas, tan solo por decir que ha participado. Con falsos títulos exóticos e inicio de intrigantes relatos, lo admito, todo ha sido una inmoral trampa

Querido lector, que hasta aquí has llegado, te das cuenta ahora, que lo mejor que pudiste haber hecho, es haberte quedado en donde decía: “colorín, colorado”.




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