Cartas a Zipango
por Autoestopista a Shambhala
“Todo comenzó un día, o
puede que nunca lo hiciera, lo cierto es que nunca lo olvidaré. Tan cierto así,
que quienes me acompañaban en la mesa de Terapia ese día, ninguno lo olvidará,
aunque no hubieran estado allí. Y es
vital, desesperado y necesario, que este hecho sea relatado, porque
aquella luz, que sin aviso ni permiso nos rodeó, nos cambió la vida...”
Querido lector, ya ve que
este pudo haber sido el inicio de un relato, que con un mínimo de habilidad, pudo
ser interesante a ratos; pero he de advertir desde ahora, en un ejercicio de
honestidad, que no será así, que este texto será un cuento que a ningún lado
irá, y muy poco contará. Un relato, que al no poder relatar, quedará como una
historia sin fin, que además por principios, nunca tuvo un principio. Que sin
tiempo ni espacio, sin velocidad ni ritmo, despacio, su único sentido es,
resultar ser un sinsentido. Así que colorín colorado, este no-cuento... Ha
comenzado.
Disculpas he de pedir,
ojalá comenzará aquí un cuento, pero no contamos con un escritor con un mínimo
de talento. Que con paciencia y conocimiento, de forma y figura a las palabras,
y ensamblando párrafos, sea de los que historias labra. Que sin prisas pero sin
pausas le fluya un texto adecuado, y que cuente con destreza algo que deba ser
contado. Pero es que para empezar a contar, como mínimo, hay que contar con
ciertos elementos, y ni eso tenemos ¿Qué cuáles son? Os cuento:
- Escenarios, mundos que habitar y donde hilvanar historias.
Que se me ocurre podría ser
un taller. Un taller en el que rotan rotos espíritus, almas, fantasmas y
espectros, todos vivos, todos muertos, que dicen que van y vienen, pero que
sospechas, que muchos no se mueven. Al que van a reparar cosas que escapan al
entendimiento.
Que la mentira oficial
diga, que es para reparar cuerpos quebrados por crueles hipotenusas, lo
cierto es, que es a donde van a
repararse cosas difusas, de esas no evidentes, de esas solo visibles a
corazones vivos de pequeños príncipes errantes y valientes. De esas cosas que
los carnales espíritus solo sospechan, y que de su existencia, solo sienten las
consecuencias que tienen por su carencia.
Y aunque algunos no lo
sepan, todos van a eso, es un taller lleno de artefactos, ingenios y
maravillas, de útil inutilidad, que todo mezcla y desdibuja, en el cual, quien
dice reparar es reparado, y el que es reparado cede su silla.
2. Personajes,
habitantes fascinantes, hilos de la diversidad para tramas que den voz a
historias y cuenten historias a voces.
Se necesitan heroínas de
brillantes sonrisas, de voces suaves como filos de espadas, que con risas
alegres como truenos de colores corten miedos y potencien vidas. A guerreros
tranquilos, maestros en las artes de la anti-gravedad, a los que los ruidos del
miedo nunca perturbarán. Brujos, shamanes, curanderas, quirománticas de lo
concéntrico, malabaristas de cuerpos y funambulistas inciertos.
A villanos llenos de bondad
oculta, amargados y a mar ahogados en razones equivocadas. Víctimas,
victimarios, trastornados y trastornadores. A los personajes que decidieron
quedarse de espectador, o no supieron cómo reencontrar las audiciones de la
vida. Y a los que decidieron ser protagonistas de sus vidas, de mil vidas, de
otras vidas, a pesar del pesar de los pesares.
Se necesitan monstruos y
bestias bellas, aberraciones, fenómenos y quimeras, toda clase de criaturas
malditas, maravillosas. Erigidas por la vida, reformadas por los elementos,
elevadas por la brisa, erosionadas por los suelos. Que hagan soñar sueños, que hagan
soñar pesadillas.
Y se necesita al hombre
tranquilo, la voz calma omnisciente, omnipresente, que narre cual maestre
capitán desde las naves del ensueño, que cuente con lenguajes exóticos, que
estimule las mentes inquietas a que inventen historias de verdades y mentiras,
escritas con la fuerza de nueves vidas.
3. Una
historia, para bordar locaciones y personajes.
Ya sea con arquetipos
arcanos, que nos lleven épicos por los viajes del héroe, a largos viajes
iniciáticos que no van más allá que al interior del corazón y la mente. Que
disfrazados de mil formas, van contando lo mismo, generación tras generación,
pero nos fascinan como siempre. Vestirla de mil géneros, o dejarla libre,
transgénero, rompiendo reglas y fundamentos, creando nuevas, para romperlas de
nuevo, y darse cuenta al final que ya todo fue hecho.
Con motivaciones que muevan
las almas de papel y tinta e insuflen vida, con Macguffins que sean el motor de
todo y de nada, más que la nada en sí misma. Que estimulen al cerebro lector
con historias que lo lleven al clímax, para luego con el desenlace dar el
merecido alivio literario a tanta atracción textual.
Y he aquí el principal
escoyo, carecemos de una importante pieza, sin la cual está condenada al
fracaso esta empresa.
4. Por
último se necesita una víctima, se necesita al lector, a ti, quien esto lee (o
esa esperanza se tiene).
A una mente, corpórea o
etérea, que baile sus ojos por las palabras pescando sus significados,
construyendo en cada oración, frase y palabra, acción, emoción, verbo y
predicado. Gracias a la magia de la gramática y la belleza de la ortografía, el
mundo que se ha escrito, vaya tomando forma y sentido, así sea, un deforme sinsentido.
Que lo disfrute, o lo
sufra, que al sentir al latir su corazón se dé cuenta, de su vital rol, que
también cuenta. Que la Nada que devora Fantasía se detendrá cada vez que su
alma vuele libre más allá del relato y sea su imaginación la que cree y recree
mundos, la que dé forma a nuevas formas de vida, a nuevas formas, de vivir
vidas.
Y hasta aquí queda esto,
hecho con prisas y a destiempo, tratando de vender el humo propio de los que
viven del cuento. Que este escritor de eso no vive, pero tiene mucho cuento, y
exprimiendo en la premura a musas abusadas se crea no-cuentos de la nada que no
cuentan nada. Y con texto errático y pretencioso, se lanza a trompicones y
empujando reglas, tan solo por decir que ha participado. Con falsos títulos
exóticos e inicio de intrigantes relatos, lo admito, todo ha sido una inmoral
trampa
Querido lector, que hasta
aquí has llegado, te das cuenta ahora, que lo mejor que pudiste haber hecho, es
haberte quedado en donde decía: “colorín, colorado”.
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