Dieta
Mediterránea
por Leroy
Soop
Siempre me ha sorprendido como funciona
mi memoria. Por ejemplo, soy capaz de recordar el comienzo de algunos libros, o
como empiezan muchas canciones, pero me resulta muy difícil acordarme de la
primera escena de las películas, incluso de las que he visto varias veces. Por
eso no me sorprende recordar con todo detalle, aunque ocurrió ya hace algunos
años, el día que atravesé por primera vez las puertas del centro donde iba a
continuar con mi rehabilitación y haber olvidado otras cosas quizá más
importantes.
Nada más entrar me encontré con una
especie de sala de espera y un montón de gente a la que no conocía, algunos
hablaban entre sí, otros parecían hablar con la esperanza de que alguien les
escuchara, y otros, simplemente hablaban solos(creo que sabiendo que nadie les
estaba escuchando, aunque no parecía importarles demasiado). La mayoría de
estas personas habían ido hasta allí para hacer rehabilitación, otros eran
familiares, aunque también había alguien del personal, pero yo en ese momento
no sabía muy bien quién era quién. De lo que no consigo acordarme es de cómo
conocí a algunas de aquellas personas, no sé si se acercaron a mí y se
presentaron o fui yo el que tomó la iniciativa, tampoco recuerdo en qué momento
aquellas personas, a las que entonces no conocía de nada, pasaron de ser mis
compañeros de rehabilitación a convertirse en algo más.
La primera hora la pasaba en el
departamento de terapia ocupacional, era una habitación grande, luminosa y
bastante tranquila en comparación con el enorme y bullicioso gimnasio donde
realizaba la segunda hora de mi rehabilitación. Me encantaba esa habitación, en
ella había cierta intimidad que no existía en el resto de instalaciones del
centro que yo conocía. Un día decidieron cerrar la sala de terapia y
trasladarnos a todos al gimnasio. Aunque nunca entendí muy bien esta decisión,
no pensé demasiado en ello. Corrían muchos rumores sobre el nuevo uso que se le
iba a dar , algunos decían que la habían comprado unos chinos para poner un
"todo a 100", otros que habían montado un taller ilegal de costura
(por aquella época se tapizaron algunas camillas del gimnasio y el personal
cambió su uniforme de trabajo), aunque creo que todo era producto de unas
mentes ociosas, el caso es que en aquella habitación seguía entrando y saliendo
personal del centro, por lo que pude observar sólo existía una llave que se
iban pasando de unos a otros ya que la sala siempre permanecía cerrada para
todos los demás.
Tras varios años acudiendo a
rehabilitación todas las semanas, no sólo llegué a conocer bien a muchos de mis
compañeros, sino que algunos se convirtieron también en amigos.
Después de mucho tiempo viendo las mismas
caras y conociendo otras nuevas, varios usuarios dejaron de acudir a
rehabilitación, algunos tuvieron tiempo de despedirse, otros simplemente
desaparecieron. Se hablaba de recortes económicos en esto o aquello, pero la
verdad es que nadie volvió a saber nada de ellos.
Por circunstancias que no vienen al caso
tuve que empezar a comer en el centro, en el mismo comedor donde el personal y
otros usuarios hacían sus comidas, así que, empecé a pasar más tiempo allí.
Además de la rehabilitación había otras actividades para llenar el tiempo que
pasaba en el centro. A mí la comida siempre me pareció aceptable, aunque
algunos días no hubiese nada demasiado apetecible, pero los que llevaban más
tiempo haciendo uso del comedor decían que el menú había cambiado hacía unos
meses y que antes se comía mucho mejor.
Un día saliendo del comedor me detuve
frente a las ventanas de la antigua sala de terapia. Habían cubierto los
cristales con unos papeles de tal forma que no se podía ver lo que había
dentro. De repente alguien se acercó por detrás y me tocó el hombro, era la
Señorita Amapola, me preguntó qué hacía allí contesté que echaba de menos
cuando hacíamos terapia en esa sala. Cuando me dijo si quería entrar y ver a
que dedicaban ahora ese espacio, contesté que sí y nos dirigimos hacia la
puerta de entrada.
Cuando la Señorita Amapola abrió la
puerta lo que vi no se parecía en nada al cuarto que yo recordaba, según
entrábamos pude ver en el rincón de la derecha un montón de sillas desguazadas,
por un lado las ruedas, por otro los cojines… en el rincón de la izquierda
había unas cuantas cajas en las que ponía calzado y varias bolsas de basura
negras, de una de ellas asomaba lo que parecía ser un jersey. El resto de la
sala también había cambiado, justo en el centro habían instalado una especie de
cortinas hechas de un plástico grueso y translúcido que iban desde el techo
hasta el suelo de la habitación. Al atravesar esas cortinas encontré unas
cuantas máquinas que no había visto nunca por allí. La Señorita Amapola me
explicó que era allí donde realizaban las reparaciones de algunos aparatos y
del mobiliario que utilizaban en el centro, aunque a mí no me parecieron el
tipo de máquinas que se utilizan para hacer reparaciones.
Al fondo de la habitación había dos
puertas que antes no estaban, la primera, la de la izquierda, era una especie
de frigorífico donde se guardaban algunos alimentos. Había sobre todo
embutidos: chorizos, morcillas, etcétera. Me pareció raro que en la misma
habitación donde realizaban reparaciones guardasen comida pero la Señorita
Amapola me dijo que era por una cuestión de espacio. Su explicación no me
convenció demasiado, pero no dije nada. Cuando abrió la segunda puerta para
enseñarme lo que había dentro me di cuenta de que era un congelador industrial,
según entrábamos en el congelador comprendí muchas cosas… había cuerpos
repartidos por el enorme congelador, algunos colgaban de unos ganchos que había
en el techo, no todos estaban enteros, intuí que alguna de las partes que les
faltaban debían estar en el frigorífico de al lado convertidas en lo que
aparentemente eran viandas de las que podemos encontrar en cualquier
carnicería. Entre aquellos cuerpos pude reconocer a alguna de las personas que
habían dejado de asistir a rehabilitación, a alguna de esas personas a las que
ya empezaba a considerar como mis amigos. Como en otras ocasiones, mi cerebro
comenzó a funcionar en modo automático, no pude pensar en mis compañeros
convertidos en parte de la dieta del centro, tampoco pensé que a mí me
ocurriría lo mismo, lo único que se me pasó por la cabeza fue que siempre he
estado a favor del reciclaje, pero que nunca habría tirado un botellín de
cerveza al contenedor de vidrio sin antes habérmelo bebido. Y sé que muchas de las personas que había allí seguro que tenían
muchas cosas que hacer y qué decir antes de ser “reciclados”. De repente se
cerró la puerta detrás de mí, y entonces me di cuenta de dos cosas: quemis días
de rehabilitación habían terminado y que en la barbacoa de ese año no iba a
faltar comida (otra vez mi cerebro haciendo de las suyas).
Sé que quien lea esto se estará
preguntando cómo es posible que haya podido escribir esto si nunca salí con
vida de aquel congelador, quizá me lo haya inventado todo, quizá sea la
Señorita Amapola contando en primera persona lo que le ocurrió a este usuario,
tal vez haya sentido el impulso de contar lo que aquí sucede…. Aunque sólo hay
dos cosas que son totalmente ciertas: desde que tengo uso de razón sigo una
dieta vegetariana y… JAMÁS COMO EN EL TRABAJO.
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