lunes, 10 de marzo de 2014

La táctica de la ilusión - Íñigo Montoya

La táctica de la ilusión
por Íñigo Montoya

I.                     
“Dos horas. Son sólo dos horas” pensó Claudia, cerrando la taquilla de un portazo. Se recogió en sí misma, apoyando la cabeza en la puerta. Intentó hacer llegar oxígeno a sus pulmones, abriendo la boca, pero ese nudo, ese maldito nudo, le oprimía el pecho, como un tapón en la tráquea. Recordó la frustración que había sentido antes, delante de su coordinador, y la angustia la envolvió, como si una ola la hubiese hecho caer.
Hiperventilando, se acercó al lavabo, y dejó caer el agua fría por sus muñecas. Pero no logró deshacerse de esa sensación de ahogo.
De repente, al levantar la cabeza, Claudia vio algo en el espejo. 

Tenía algo extraño en el cuello. Se palpó despacio, lo que parecía una bola, como una nuez más grande de lo normal. Con cuidado, inspeccionando con la yema de los dedos, se dio cuenta de que era una especie de ovillo, una maraña de hilos rojos, adheridos totalmente a su piel.
Intentó tirar de uno de ellos. Ahogó un grito “¡Mierda!”. Pero no podía articular ni una palabra. Se había quedado muda.
“Tengo que quitarme esto”.

II.                   
Ruth miraba pacientemente a Santiago, su coordinador.  Su discurso, al igual que sus gestos, parecían aprendidos con antelación, como un actor que memoriza su guión y actúa en su primer ensayo.
Desde luego, tenía su mente en otra parte. Ruth se preguntó el por qué de aquella reunión, si ni siquiera parecía importarle su presencia.
La verdad es que era una sensación que le acompañaba a menudo. Su vida había ido pasando, sin pena ni gloria, por distintos lugares, con diferentes personas, y no creía haber dejado huella. Como migas de pan que, tras haber terminado de comer, se recogen del mantel.
Se miró las uñas, aburrida, pero reparó en que su mano no tenía el color habitual. Es más, parecía haber perdido el color. Podía ver a través de ella. Se había vuelto translúcida, casi transparente, como una hoja de papel cebolla.
¿De verdad se estaba haciendo invisible? Pensándolo bien, desde que había vuelto de comer, nadie la había saludado. Ni siquiera Santiago le había devuelto la sonrisa al entrar.
“Parece mentira que me haya resignado tanto a que no me hagan caso, he tardado un buen rato en darme cuenta”. Le horrorizaba más la costumbre a no llamar la atención de los demás que el hecho de haber perdido la opacidad de su cuerpo.
De pronto Claudia, la fisioterapeuta, irrumpió en la sala. Se quedó quieta, con la boca entreabierta, acariciándose el cuello.
Ruth les miró y, aprovechando la interrupción, salió de la habitación. Evidentemente, nadie reparó en ello.
“Dice Saint Exupery que lo esencial es invisible a los ojos, espero que en este caso sea verdad”- pensó.  “Sólo hay una persona que puede ayudarme. O eso, o me gano la vida en el circo”.
Entró en la sala de rehabilitación, y buscó a César, que estaba en el plano. Sus miradas se encontraron. Los ojos de aquel chico, que tenían el poder de penetrar en su mente, le devolvieron la calidez a su cuerpo, arropándola. El color inundó de nuevo su piel.
-          Menos mal que has venido, Ruth- dijo César con una sonrisa.- Te acabas de perder a un auténtico domador de bestias.

III.                 
César, aburrido de las mismas conversaciones de siempre, cerró los oídos y se concentró en la luz que entraba por las ventanas del gimnasio, bañándole con sueños de verano.
Se fijó en un pájaro que había en una de las repisas. Era un cuervo. Éste le devolvió la mirada. Aunque era absurdo, a César le pareció que se conocían de antes. Es más, el cuervo tenía cierta expresión de burla.
- Efectivamente, no es la primera vez que me ves- dijo el cuervo, con voz ronca, como de un fumador. Sin saber por qué, César se lo imaginó aspirando el humo de un puro.
Miró a su alrededor, pero nadie parecía haber reparado en la presencia del visitante, y mucho menos en su capacidad para comunicarse. Pero, cuando se disponía a contestarle, el cuervo batió las alas, alejándose de él.
Antes de que le diese tiempo a reaccionar, otra cosa le llamó la atención. Parecía una persona completamente desnuda, pero se movía como un animal, gateando sigilosamente entre las camillas. Como un felino, se dirigió rápidamente a la mesa de terapia, agazapándose debajo.
De pronto, César recordó dónde había visto ese cuervo, y que también conocía a aquel ser. ¡Eran dibujos de su amigo Hugo! “Ya puestos, podría haber venido la chica que posó desnuda para él”, pensó. “Dios mío, ¿habrá otras criaturas como las que suele dibujar?”  Aquella mujer había sido una excepción, ya que Hugo solía crear seres oscuros y macabros.
Intentó gritar, pero en el plano inclinado la voz apenas le salía. En la puerta, con mirada feroz y en posición de ataque, se encontraba un lobo, del tamaño de una persona. Su cabeza, con un brillante pelo negro azabache, recordaba a la melena de un león.

IV.                 
Santiago la miró, sorprendido. Estar con ella era sentir electricidad en su cuerpo. Pero la misma conexión que les unía, les distanciaba. Era un muelle que, al juntar sus aros, tendía de nuevo a separarse.
Al ser su coordinador, sabía que tenía que tratarla como a una más, y por eso se guardaba sus sentimientos, como un paquete de Correos extraviado, colocado en algún rincón de una estantería.
- Te quiero. – dijo Claudia, con la garganta aún encogida como por un mordisco. Su voz le sonó ridícula. Se imaginó en una película, con la cara de pasmada estilo Hugh Grant, y sonoras carcajadas de fondo. Pero por fin sintió alivio: el nudo se iba deshaciendo, poco a poco, y los hilos rojos se deslizaron por su pecho, por sus brazos, hasta llegar hasta él.
En sus ojos ya no estaba la indiferencia que antes habían mostrado, sino algo mucho más profundo. Sonrió.- Yo también te quiero.
 “Pues podías habérmelo dicho antes de que se me formase esta cosa en el cuello”- pensó Claudia, pero no lo dijo (no quería estropear el momento).
Él cogió sus manos. Por fin se había abierto la puerta de sus pensamientos, allí donde la guardaba, dentro de sus ojos cerrados. Una brisa entró por la ventana, y con ella cientos de mariposas de colores, revoloteando entre ellos.

V.                   
“Pero, ¿qué hace aquí el cocinero?” pensó César, aunque ya no le extrañaba nada.
- Sólo tú puedes ayudarle a controlar esto.- oyó decir al cuervo. Estaba encima de él, sobre el plano inclinado.
El cocinero, con aire decidido, se dirigió al lobo, que gruñía enseñándole los dientes. Cuando estaba a punto de alcanzarle, la fiera dio un salto, con una soltura más propia de un gato que de un animal tan grande. De pie, sobre la mesa donde estaba la Wii, se preparó para el ataque. Él sacó, como por arte de magia, un látigo invisible, e hizo bajar al lobo al suelo. Una vez allí, se lanzó sobre él y le sujetó el cuello con el brazo.
- ¡Tienes que pararle!- gritó el cocinero, que a duras penas lograba mantener quieto al animal.
- ¿Cómo voy a hacerlo, si no me puedo mover?- dijo César. Pero sí lo sabía. Puede que hubiese perdido la movilidad de su cuerpo, pero contaba con una serenidad y una capacidad de concentración que muchos monjes budistas envidiarían. Años guardando pensamientos, ahogando emociones, pero también dejando volar los sueños, habían preparado a su mente para aguantar muchas horas de inmovilidad forzada.
“Cálmate”- pensó, mirando directamente a la fiera. El lobo dejó de removerse. Entonces se concentró en transmitirle toda la tranquilidad que había aprendido a aceptar.
El animal bajó la cabeza, sumiso. El cocinero le soltó, suavemente, y le acarició el lomo.
La otra criatura, que había permanecido escondida bajo la mesa, se acercó a ellos lentamente. También parecía haber recibido toda la bondad que César intentaba hacerles llegar. El cocinero, con un gesto firme, le indicó que subiese a lomos del lobo. Y, como fieles mascotas, cruzaron la puerta del gimnasio, siguiéndole, no sin antes mirar a César, como si le diesen un sincero apretón de manos.

VI.
- ¿Qué hay de menú para hoy?- preguntó Claudia. Santiago giró la cabeza, como si no la hubiese oído.  Cada vez que sentía a Claudia, algo le mordía la garganta.
- El risotto de setas está buenísimo, os lo recomiendo- dijo César, que justo salía del comedor.
- Me encanta el risotto- comentó Ruth. Casi pudo visualizar cómo sus palabras se perdían en el aire. Claudia no la escuchaba.
- ¡Venga, ya tenéis el primero servido!- gritó el cocinero. Estaba de buen humor. No solía preparar aquel plato, ya que llevaba mucho trabajo, pero las setas tenían una pinta estupenda y quería hacer algo especial.
Sonia, su ayudante, le tocó tímidamente el hombro.
- Oye, no sé si el risotto… Es decir, las setas…- se le trabaron las palabras, como siempre que se ponía nerviosa. Su jefe, más que a un cocinero, le recordaba a un domador de leones. Además, tenía un bigote muy gracioso, largo y fino, con aspiraciones (un poco malogradas) a Dalí.
 - ¿Qué pasa? No me jodas, Sonia, que tenemos prisa…
- Bueno, no estoy segura de que sean buenas para cocinar, he visto algo…
El cocinero suspiró de forma teatral. Sonia miró alrededor, casi esperando ver a los leones.
- Las setas están bien, yo mismo las he probado. Además, ya he servido los últimos platos a estos que acaban de llegar.
Y, dándose la vuelta, hizo una reverencia. - ¡¡El espectáculo va a comenzar!!



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