La táctica de la ilusión
por Íñigo Montoya
I.
“Dos horas. Son sólo dos horas” pensó
Claudia, cerrando la taquilla de un portazo. Se recogió en sí misma, apoyando
la cabeza en la puerta. Intentó hacer llegar oxígeno a sus pulmones, abriendo
la boca, pero ese nudo, ese maldito nudo, le oprimía el pecho, como un tapón en
la tráquea. Recordó la frustración que había sentido antes, delante de su
coordinador, y la angustia la envolvió, como si una ola la hubiese hecho caer.
Hiperventilando, se acercó al lavabo,
y dejó caer el agua fría por sus muñecas. Pero no logró deshacerse de esa
sensación de ahogo.
De repente, al levantar la cabeza,
Claudia vio algo en el espejo.
Tenía algo extraño en el cuello. Se palpó despacio, lo que parecía una bola, como una nuez más grande de lo normal. Con cuidado, inspeccionando con la yema de los dedos, se dio cuenta de que era una especie de ovillo, una maraña de hilos rojos, adheridos totalmente a su piel.
Tenía algo extraño en el cuello. Se palpó despacio, lo que parecía una bola, como una nuez más grande de lo normal. Con cuidado, inspeccionando con la yema de los dedos, se dio cuenta de que era una especie de ovillo, una maraña de hilos rojos, adheridos totalmente a su piel.
Intentó tirar de uno de ellos. Ahogó
un grito “¡Mierda!”. Pero no podía articular ni una palabra. Se había quedado
muda.
“Tengo que quitarme esto”.
II.
Ruth miraba pacientemente a Santiago,
su coordinador. Su discurso, al igual
que sus gestos, parecían aprendidos con antelación, como un actor que memoriza
su guión y actúa en su primer ensayo.
Desde luego, tenía su mente en otra
parte. Ruth se preguntó el por qué de aquella reunión, si ni siquiera parecía
importarle su presencia.
La verdad es que era una sensación
que le acompañaba a menudo. Su vida había ido pasando, sin pena ni gloria, por
distintos lugares, con diferentes personas, y no creía haber dejado huella.
Como migas de pan que, tras haber terminado de comer, se recogen del mantel.
Se miró las uñas, aburrida, pero
reparó en que su mano no tenía el color habitual. Es más, parecía haber perdido el color. Podía ver a través
de ella. Se había vuelto translúcida, casi transparente, como una hoja de papel
cebolla.
¿De verdad se estaba haciendo
invisible? Pensándolo bien, desde que había vuelto de comer, nadie la había
saludado. Ni siquiera Santiago le había devuelto la sonrisa al entrar.
“Parece mentira que me haya resignado
tanto a que no me hagan caso, he tardado un buen rato en darme cuenta”. Le
horrorizaba más la costumbre a no llamar la atención de los demás que el hecho
de haber perdido la opacidad de su cuerpo.
De pronto Claudia, la fisioterapeuta,
irrumpió en la sala. Se quedó quieta, con la boca entreabierta, acariciándose
el cuello.
Ruth les miró y, aprovechando la
interrupción, salió de la habitación. Evidentemente, nadie reparó en ello.
“Dice Saint Exupery que lo esencial
es invisible a los ojos, espero que en este caso sea verdad”- pensó. “Sólo hay una persona que puede ayudarme. O
eso, o me gano la vida en el circo”.
Entró en la sala de rehabilitación, y
buscó a César, que estaba en el plano. Sus miradas se encontraron. Los ojos de
aquel chico, que tenían el poder de penetrar en su mente, le devolvieron la
calidez a su cuerpo, arropándola. El color inundó de nuevo su piel.
-
Menos
mal que has venido, Ruth- dijo César con una sonrisa.- Te acabas de perder a un
auténtico domador de bestias.
III.
César, aburrido de las mismas
conversaciones de siempre, cerró los oídos y se concentró en la luz que entraba
por las ventanas del gimnasio, bañándole con sueños de verano.
Se fijó en un pájaro que había en una
de las repisas. Era un cuervo. Éste le devolvió la mirada. Aunque era absurdo,
a César le pareció que se conocían de antes. Es más, el cuervo tenía cierta
expresión de burla.
- Efectivamente, no es la primera vez
que me ves- dijo el cuervo, con voz ronca, como de un fumador. Sin saber por
qué, César se lo imaginó aspirando el humo de un puro.
Miró a su alrededor, pero nadie
parecía haber reparado en la presencia del visitante, y mucho menos en su
capacidad para comunicarse. Pero, cuando se disponía a contestarle, el cuervo
batió las alas, alejándose de él.
Antes de que le diese tiempo a
reaccionar, otra cosa le llamó la atención. Parecía una persona completamente
desnuda, pero se movía como un animal, gateando sigilosamente entre las
camillas. Como un felino, se dirigió rápidamente a la mesa de terapia,
agazapándose debajo.
De pronto, César recordó dónde había
visto ese cuervo, y que también conocía a aquel ser. ¡Eran dibujos de su amigo
Hugo! “Ya puestos, podría haber venido la chica que posó desnuda para él”,
pensó. “Dios mío, ¿habrá otras criaturas como las que suele dibujar?” Aquella mujer había sido una excepción, ya
que Hugo solía crear seres oscuros y macabros.
Intentó gritar, pero en el plano
inclinado la voz apenas le salía. En la puerta, con mirada feroz y en posición
de ataque, se encontraba un lobo, del tamaño de una persona. Su cabeza, con un
brillante pelo negro azabache, recordaba a la melena de un león.
IV.
Santiago la
miró, sorprendido. Estar con ella era sentir electricidad en su cuerpo. Pero la
misma conexión que les unía, les distanciaba. Era un muelle que, al juntar sus
aros, tendía de nuevo a separarse.
Al ser su
coordinador, sabía que tenía que tratarla como a una más, y por eso se guardaba
sus sentimientos, como un paquete de Correos extraviado, colocado en algún
rincón de una estantería.
- Te quiero.
– dijo Claudia, con la garganta aún encogida como por un mordisco. Su voz le
sonó ridícula. Se imaginó en una película, con la cara de pasmada estilo Hugh
Grant, y sonoras carcajadas de fondo. Pero por fin sintió alivio: el nudo se
iba deshaciendo, poco a poco, y los hilos rojos se deslizaron por su pecho, por
sus brazos, hasta llegar hasta él.
En sus ojos
ya no estaba la indiferencia que antes habían mostrado, sino algo mucho más
profundo. Sonrió.- Yo también te quiero.
“Pues podías habérmelo dicho antes de que se
me formase esta cosa en el cuello”- pensó Claudia, pero no lo dijo (no quería
estropear el momento).
Él cogió sus
manos. Por fin se había abierto la puerta de sus pensamientos, allí donde la
guardaba, dentro de sus ojos cerrados. Una brisa entró por la ventana, y con
ella cientos de mariposas de colores, revoloteando entre ellos.
V.
“Pero, ¿qué
hace aquí el cocinero?” pensó César, aunque ya no le extrañaba nada.
- Sólo tú
puedes ayudarle a controlar esto.- oyó decir al cuervo. Estaba encima de él,
sobre el plano inclinado.
El cocinero,
con aire decidido, se dirigió al lobo, que gruñía enseñándole los dientes.
Cuando estaba a punto de alcanzarle, la fiera dio un salto, con una soltura más
propia de un gato que de un animal tan grande. De pie, sobre la mesa donde
estaba la Wii, se preparó para el ataque. Él sacó, como por arte de magia, un
látigo invisible, e hizo bajar al lobo al suelo. Una vez allí, se lanzó sobre
él y le sujetó el cuello con el brazo.
- ¡Tienes que
pararle!- gritó el cocinero, que a duras penas lograba mantener quieto al
animal.
- ¿Cómo voy a
hacerlo, si no me puedo mover?- dijo César. Pero sí lo sabía. Puede que hubiese
perdido la movilidad de su cuerpo, pero contaba con una serenidad y una
capacidad de concentración que muchos monjes budistas envidiarían. Años
guardando pensamientos, ahogando emociones, pero también dejando volar los
sueños, habían preparado a su mente para aguantar muchas horas de inmovilidad
forzada.
“Cálmate”- pensó,
mirando directamente a la fiera. El lobo dejó de removerse. Entonces se
concentró en transmitirle toda la tranquilidad que había aprendido a aceptar.
El animal bajó la cabeza,
sumiso. El cocinero le soltó, suavemente, y le acarició el lomo.
La otra
criatura, que había permanecido escondida bajo la mesa, se acercó a ellos
lentamente. También parecía haber recibido toda la bondad que César intentaba
hacerles llegar. El cocinero, con un gesto firme, le indicó que subiese a lomos
del lobo. Y, como fieles mascotas, cruzaron la puerta del gimnasio,
siguiéndole, no sin antes mirar a César, como si le diesen un sincero apretón
de manos.
VI.
- ¿Qué hay de menú para hoy?-
preguntó Claudia. Santiago giró la cabeza, como si no la hubiese oído. Cada vez que sentía a Claudia, algo le mordía
la garganta.
- El risotto de setas está buenísimo,
os lo recomiendo- dijo César, que justo salía del comedor.
- Me encanta el risotto- comentó
Ruth. Casi pudo visualizar cómo sus palabras se perdían en el aire. Claudia no
la escuchaba.
- ¡Venga, ya tenéis el primero
servido!- gritó el cocinero. Estaba de buen humor. No solía preparar aquel
plato, ya que llevaba mucho trabajo, pero las setas tenían una pinta estupenda
y quería hacer algo especial.
Sonia, su ayudante, le tocó
tímidamente el hombro.
- Oye, no sé si el risotto… Es decir,
las setas…- se le trabaron las palabras, como siempre que se ponía nerviosa. Su
jefe, más que a un cocinero, le recordaba a un domador de leones. Además, tenía
un bigote muy gracioso, largo y fino, con aspiraciones (un poco malogradas) a
Dalí.
- ¿Qué pasa? No me jodas, Sonia, que tenemos
prisa…
- Bueno, no estoy segura de que sean buenas
para cocinar, he visto algo…
El cocinero suspiró de forma teatral.
Sonia miró alrededor, casi esperando ver a los leones.
- Las setas están bien, yo
mismo las he probado. Además, ya he servido los últimos platos a estos que
acaban de llegar.
Y, dándose la vuelta, hizo una
reverencia. - ¡¡El espectáculo va a comenzar!!
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