martes, 1 de julio de 2014

Títeres en el espejo- Atilano

Títeres en el Espejo.


El viaje hacia Galicia siempre me ha parecido una buena metáfora sobre los estados de ánimo que sufrimos las personas a lo largo de nuestra vida. En no mucha distancia, se concentran paisajes tan distintos como diferentes: son entre sí la alegría de la tristeza o el amor del odio.



Sales de una ciudad bulliciosa, como es Madrid ,llena de estímulos y experiencias excitantes que están al alcance de tu mano, pero que al igual que te pueden hacer sentir más vivo que nunca cuando las aprovechas, te pueden destruir cuando sólo las ves pasar a tu lado sin sentirlas en primera persona.

Luego, llegan los vastos mares de Castilla, kilómetros y kilómetros en los que apenas notas diferencias considerables entre una imagen y la siguiente, al igual que esos años en los que tu vida se estanca y no hay ningún avance hacia el cumplimiento de tus deseos y metas. Los días se convierten en la repetición de una misma fotografía que se muestra ante nuestros ojos una y otra vez, envejeciendo hasta perder todo su esplendor y viveza, dejando tan sólo recuerdos borrosos en nuestra memoria.

Y por fin llegamos a Galicia. Esa tierra mágica, que te desborda los sentidos con su verdor y frescor inigualables, despierta en ti las mismas sensaciones que los momentos de plena felicidad que guardas en tu alma bajo siete llaves para nunca perderlos. Pero en todos los lugares que se percibe un aura tan poderosa y unida a lo místico, el bien y mal quedan a la misma distancia del alma humana. Por eso, nuestras decisiones, como la que ahora os voy a contar, tienen una importancia determinante el en el viaje más apasionante que un hombre puede realizar: su vida.

Aunque dispongo de medios más cómodos para llegar hasta Galicia siempre realizo este viaje en solitario. Conduciendo durante esas seis horas hasta mi tierra natal, consigo relajarme y reflexionar de una manera más efectiva para mí que cualquier método que haya probado. Mientras conduzco mi flamante porsche 911 turbo por las interminables rectas de Castilla, no puedo evitar que vuelvan a mi memoria los recuerdos de la primera situaciones que descubrieron a mi alma su verdadera condición.

Ahora conozco bien el porqué de mi comportamiento, siempre ha sido una tremenda inseguridad en mí mismo, una sensación que creaba un vacío en mi interior, imposible de llenar por más cosas que consiguiese. Daba igual: mujeres, que coches; cariño o dinero, nunca tenía bastante. El vacío de mi interior nunca estaba conforme, y todo esto, unido a un carácter caprichoso, me llevó por la senda equivocada.

El primer hecho que me encaminó hacia esta espiral, ocurrió cuando tenía diez años un verano en casa de mi abuela materna. Los vecinos de mi abuela tenían un hijo un poco mayor que yo. Solíamos jugar juntos en las temporadas que yo pasaba allí, pero ese año un hecho cambió nuestra relación. Mejor dicho, una bicicleta. Sus padres le habían regalado por sacar buenas notas una preciosa bici de color azul, con la que se paseaba por la plaza como si fuese el amo del lugar. Eso a mí me sentaba como una patada en las tripas, no soportaba verle pavonearse de esa manera. Todo fue a peor cuanto las chicas de nuestras edad empezaron a mostrar más interés por él que por mí. Tenía que conseguir una bici mejor que la suya, fuese como fuese, entonces yo sería el macho alfa y todas sus atenciones y halagos se dirigían hacia mí.

Primero, como es natural, intenté convencer a mis padres para que me comprasen una, utilicé todo mi armamento: que necesitaba una bici nueva porque la mía ya estaba muy vieja, que prometía portarme bien y sacar buenas notas… Todo esto con la típica cara de niño bueno. No funcionó ,pero darme por vencido no estaba en mis planes. Entonces se me ocurrió utilizar un hechizo que había visto llevar a cabo por mi abuela. En mi familia se nos incluye desde pequeños en este tipo de prácticas. Para nosotros, entra dentro de la normalidad presenciar aquelarres y sacrificios de animales, de esta manera se nos alecciona desde niños bajo la presencia de nuestros mayores en la utilización responsable de nuestro Don. Pero en todas las familias hay una oveja negra que lo utiliza de malas maneras y sólo para su beneficio personal.

 Necesitaba varias cosas para llevarlo a cabo, una daga con inscripciones celtas que mi abuela tenía a buen recaudo en el arcón de su cuarto, un animal para sacrificio de sangre y un libro de hechizos. El libro fue lo más fácil de conseguir ,yo tenía ya en mi poder varios de ellos para estudiarlos. Conseguir el cuchillo ceremonial me fue imposible, no había manera de abrir el arcón sin la llave que mi abuela llevaba siempre consigo, así que no me quedó más remedio que sustituirlo por el cuchillo cebollero que había en la cocina y que acababa de ser utilizado para preparar una rica empanada de atún. Ya con dos de los objetos conseguidos, sólo me quedaba elegir el animal apropiado. Primero pensé en el gato negro de mi abuela pero pronto abandoné esta idea hasta yo sabía que los gatos no son animales corrientes, tienen cualidades innatas para moverse por el mundo de lo oculto y es mejor no molestarlos. Mi segunda opción fue el perro de los vecinos, pero su gran tamaño y su malas pulgas no le hacían el candidato propicio. Ya sólo me quedaban dos opciones: el gallo, o uno de los pequeños cerditos. Pronto me decanté por el gallo, bastante castigo me caería encima si me pillasen realizando el sacrificio, como para que además mi abuela me dejara sin comer esos riquísimos chorizos de matanza.

Teniendo ya decidido el sacrificio idóneo para mis planes, encaminé mis pasos al gallinero que se encontraba detrás de la casa. Era la víctima perfecta, no sólo el gallinero se encontraba un poco alejado de la casa, además esos animales nunca me habían hecho mucha gracia, ni se podía jugar con ellos ni su aspecto era demasiado agraciado. La verdad, yo no les encontraba ninguna utilidad que no fuese comerlos. Pero una vez allí, teniendo delante a mi víctima, la fuerza de mi decisión comenzó progresivamente a perder su energía inicial.

Ante mis ojos estaba ese majestuoso animal de porte distinguido, mirada altiva y elegancia innata, siempre rodeado de su harén de hembras. Allí en su gallinero, él era el rey, nadie le discutía su liderazgo, incluso rodeado de excrementos y comida pasada conseguía brillar por encima del lugar donde se encontraba. Ahora comprendo por qué no pude hacerlo, por qué me quedé petrificado mirándolo. Ese animal representaba lo que yo quería ser, el líder, el macho alfa, el gran triunfador. Era como mirarme en un espejo distorsionado en el que se me mostraban mis deseos y ambiciones, pero como descubriría en el futuro, que se cumpla todo lo que deseas puede ser la peor de las maldiciones.

Pero para desgracia de las gallinas, el deseo de conseguir mi bicicleta no desapareció, y después de todo el tiempo que había gastado ya en conseguir el cuchillo no me quedaban más ganas de seguir buscando otra víctima. Otro detalle de mi carácter que también me traería problemas en mi vida, siempre quiero conseguir lo máximo con el mínimo trabajo. Cogí en mis brazos sin esfuerzo alguno a la primera gallina ponedora que encontré dentro del cobertizo. Si llego a saber que era tan fácil me hubiese decantado por ella mucho antes. El sitio donde iba a realizar el ritual estaba claro, el desván era el lugar idóneo. Una vez allí, coloqué todos los elementos necesarios en el viejo suelo de madera. Seguramente era el lugar más descuidado de la casa, en su interior se encontraban diversos muebles antiguos estropeados y desmejorados por el paso del tiempo, cajas de patatas y cebollas colocadas en el suelo a la espera de ser consumidas, todo esto rodeado de un ambiente polvoriento y una luz casi inexistente. Todo dotaba a este lugar de una atmósfera pesada y angustiosa, que producía una sensación de angustia y desasosiego que te obligaba a no querer permanecer demasiado tiempo allí. 

Con todo ya listo, no me quedaba más que ponerme manos a la obra, abrí el libro de hechizos por la página correspondiente, con la mano derecha agarré con decisión la empuñadura del cuchillo y mientras acariciaba con ternura a la pequeña gallina empecé a relatar los cánticos.

Comencé a entrar en un profundo trance en el que mi voz sonaba lejana, como si saliese de un profundo pozo húmedo y sombrío. Ya no era emitida por mi boca, salía del interior de mi ser como un eco de mi conciencia más turbia y sombría, pero cuanto más me sumergía en esta oscuridad, más consciente era de todo lo que me rodeaba, los latidos retumbaban dentro de mi oído cómo funestas campanas de muerte que anunciaban el fin de ese pobre animal. Mi cerebro ya había mandado la orden a mi brazo para que actuara como un verdugo sin conciencia ni remordimientos, cuando una sacudida tan repentina como inesperada me sacó del trance. Estaba tan ensimismado en mi propósito que no oí la llegada de mi abuela al desván. Vociferaba con angustia mientras subía las escaleras todo lo deprisa que sus piernas le permitían. Recuperé plena conciencia de donde me encontraba, a la vez que la fuerza de mi cuerpo se desvanecía, el cuchillo se soltó de la mano cayendo lentamente mientras la gallina se escapaba violentamente del brazo escurriéndose como una lagartija hiperexcitada. Pude ver sus ojos encendidos en sangre antes de meter su cabeza dentro de la pernera de las bermudas y darme un los picotazos feroces y violentos. ¡Joder, qué dolor! Nunca en mi vida sentí algo parecido, cientos de eléctricas punzadas recorrían todo mi cuerpo haciéndome convulsionar tanto de dolor como de pánico. Hasta que mi abuela me ayudó, no conseguí librarme de la violenta reacción del animal. La abuela sujetó fuertemente a la gallina en sus brazos y, ante mi mirada atónita, al no poder calmarla le retorció el pescuezo con un diestro movimiento de su mano.

Bajaba la escalera del desván delante de mi abuela, pero mi estado de confusión no me permitía entender sus palabras, sonaban como un dialecto desconocido, pero sólo su tono severo y angustiado ya me servían para saber que me esperaba una buena reprimenda. Deseaba que las escaleras aumentasen su distancia hasta no tener fin, pero como todo en esta vida, se acabaron, y pronto me encontré sentado en la cocina aguantando una interminable bronca a dos bandas de mi madre y mi abuela. Aguanté estoicamente la larga charla mirando al suelo resignado y entre sollozos, pero sólo era una pose, un espejismo para que creyeran en mi arrepentimiento y promesa de no volver a repetir lo ocurrido, cuando la realidad sólo era que estaba rabioso por no haber conseguido el objetivo que me había propuesto y por tener un dolor insoportable en las pelotas.

Acepté el castigo que se me impuso sin discusión ni lamentos y después de una semana de reclusión en casa, mi madre me permitió acompañarla de compras a la plaza del pueblo. De buena gana acepte su invitación, ya estaba harto de permanecer todo el día dentro de casa escuchando sermones inacabables sobre el bien y el mal y las consecuencias que se producirían al ignorar sus advertencias sobre la utilización de la magia de una manera inapropiada y egoísta.

Al llegar a la plaza, mientras cargaba con las bolsas de la compra de puesto en puesto, me topé de bruces con mi pandilla de amigos. Entre ellos se encontraba mi vecino. Con su fardona bicicleta se estaba despidiendo de ellos porque tenía que volver pronto a casa. , . Sabía qué camino utilizaría para volver a casa, le pedí permiso mi madre para ausentarme un momento de su lado con la excusa de ir a comprar un tebeo para tener algo con que entretenerme durante mi castigo. No me puso ningún impedimento, y recordando me que no me demorase demasiado, me dejó ir. Me aposté al final del callejón por donde sin remedio tendría que pasar mi vecino para salir de la plaza, y con la espalda apoyada detrás de la esquina esperé pacientemente su llegada. No tardó mucho en aparecer por la entrada de la estrecha calle mire de reojo unas cuantas veces para calcular la distancia y agudice el oído para actuar en el momento idóneo. En cuanto vi la primera rueda sobrepasar la esquina, le solté un violento empujón con todas mis ganas,que le hizo darse un tremendo golpe contra el suelo. Se retorcía y lloraba de dolor mientras se sujetaba su lastimado brazo. Me acerqué a él y, sujetándole fuertemente de la camiseta, le advertí que como se le ocurriese chivarse le haría algo mucho peor. Me miró aterrado a la vez que asentía con la cabeza y, en el momento que vi mi cara reflejada en sus húmedos ojos, comprendí que había entendido perfectamente el mensaje.

Ese verano aprendí varias cosas, y ninguna de ellas tenía nada que ver con lo que mi abuela y mi madre querían que comprendiese. Sólo se grabaron en mi cerebro dos premisas: una, que había diversas maneras en este mundo de conseguir lo que quería, y otra, que jamás me volvería a poner bermudas para realizar un sacrificio.


Atilano.

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