Títeres en el Espejo.
El viaje hacia Galicia siempre me ha parecido una buena metáfora sobre
los estados de ánimo que sufrimos las personas a lo largo de nuestra vida. En
no mucha distancia, se concentran paisajes tan distintos como diferentes: son
entre sí la alegría de la tristeza o el amor del odio.
Sales de una ciudad bulliciosa, como es Madrid ,llena de estímulos y
experiencias excitantes que están al alcance de tu mano, pero que al igual que
te pueden hacer sentir más vivo que nunca cuando las aprovechas, te pueden
destruir cuando sólo las ves pasar a tu lado sin sentirlas en primera persona.
Luego, llegan los vastos mares de Castilla, kilómetros y kilómetros en
los que apenas notas diferencias considerables entre una imagen y la siguiente,
al igual que esos años en los que tu vida se estanca y no hay ningún avance
hacia el cumplimiento de tus deseos y metas. Los días se convierten en la
repetición de una misma fotografía que se muestra ante nuestros ojos una y otra
vez, envejeciendo hasta perder todo su esplendor y viveza, dejando tan sólo
recuerdos borrosos en nuestra memoria.
Y por fin llegamos a Galicia. Esa tierra
mágica, que te desborda los sentidos con su verdor y frescor inigualables,
despierta en ti las mismas sensaciones que los momentos de plena felicidad que
guardas en tu alma bajo siete llaves para nunca perderlos. Pero en todos los
lugares que se percibe un aura tan poderosa y unida a lo místico, el bien y mal
quedan a la misma distancia del alma humana. Por eso, nuestras decisiones, como
la que ahora os voy a contar, tienen una importancia determinante el en el
viaje más apasionante que un hombre puede realizar: su vida.
Aunque dispongo de medios más cómodos
para llegar hasta Galicia siempre realizo este viaje en solitario. Conduciendo
durante esas seis horas hasta mi tierra natal, consigo relajarme y reflexionar
de una manera más efectiva para mí que cualquier método que haya probado.
Mientras conduzco mi flamante porsche 911 turbo por las interminables rectas de
Castilla, no puedo evitar que vuelvan a mi memoria los recuerdos de la primera
situaciones que descubrieron a mi alma su verdadera condición.
Ahora conozco bien el porqué de mi comportamiento, siempre ha sido una
tremenda inseguridad en mí mismo, una sensación que creaba un vacío en mi
interior, imposible de llenar por más cosas que consiguiese. Daba igual:
mujeres, que coches; cariño o dinero, nunca tenía bastante. El vacío de mi
interior nunca estaba conforme, y todo esto, unido a un carácter caprichoso, me
llevó por la senda equivocada.
El primer hecho que me encaminó hacia esta espiral, ocurrió cuando
tenía diez años un verano en casa de mi abuela materna. Los vecinos de mi
abuela tenían un hijo un poco mayor que yo. Solíamos jugar juntos en las
temporadas que yo pasaba allí, pero ese año un hecho cambió nuestra relación.
Mejor dicho, una bicicleta. Sus padres le habían regalado por sacar buenas
notas una preciosa bici de color azul, con la que se paseaba por la plaza como
si fuese el amo del lugar. Eso a mí me sentaba como una patada en las tripas,
no soportaba verle pavonearse de esa manera. Todo fue a peor cuanto las chicas
de nuestras edad empezaron a mostrar más interés por él que por mí. Tenía que
conseguir una bici mejor que la suya, fuese como fuese, entonces yo sería el macho
alfa y todas sus atenciones y halagos se dirigían hacia mí.
Primero, como es natural, intenté convencer a mis padres para que me
comprasen una, utilicé todo mi armamento: que necesitaba una bici nueva porque
la mía ya estaba muy vieja, que prometía portarme bien y sacar buenas notas…
Todo esto con la típica cara de niño bueno. No funcionó ,pero darme por vencido
no estaba en mis planes. Entonces se me ocurrió utilizar un hechizo que había
visto llevar a cabo por mi abuela. En mi familia se nos incluye desde pequeños
en este tipo de prácticas. Para nosotros, entra dentro de la normalidad
presenciar aquelarres y sacrificios de animales, de esta manera se nos
alecciona desde niños bajo la presencia de nuestros mayores en la utilización
responsable de nuestro Don. Pero en todas las familias hay una oveja negra que
lo utiliza de malas maneras y sólo para su beneficio personal.
Necesitaba varias cosas para
llevarlo a cabo, una daga con inscripciones celtas que mi abuela tenía a buen
recaudo en el arcón de su cuarto, un animal para sacrificio de sangre y un
libro de hechizos. El libro fue lo más fácil de conseguir ,yo tenía ya en mi
poder varios de ellos para estudiarlos. Conseguir el cuchillo ceremonial me fue
imposible, no había manera de abrir el arcón sin la llave que mi abuela llevaba
siempre consigo, así que no me quedó más remedio que sustituirlo por el
cuchillo cebollero que había en la cocina y que acababa de ser utilizado para
preparar una rica empanada de atún. Ya con dos de los objetos conseguidos, sólo
me quedaba elegir el animal apropiado. Primero pensé en el gato negro de mi
abuela pero pronto abandoné esta idea hasta yo sabía que los gatos no son
animales corrientes, tienen cualidades innatas para moverse por el mundo de lo
oculto y es mejor no molestarlos. Mi segunda opción fue el perro de los
vecinos, pero su gran tamaño y su malas pulgas no le hacían el candidato
propicio. Ya sólo me quedaban dos opciones: el gallo, o uno de los pequeños
cerditos. Pronto me decanté por el gallo, bastante castigo me caería encima si
me pillasen realizando el sacrificio, como para que además mi abuela me dejara
sin comer esos riquísimos chorizos de matanza.
Teniendo ya decidido el sacrificio idóneo para mis planes, encaminé
mis pasos al gallinero que se encontraba detrás de la casa. Era la víctima
perfecta, no sólo el gallinero se encontraba un poco alejado de la casa, además
esos animales nunca me habían hecho mucha gracia, ni se podía jugar con ellos
ni su aspecto era demasiado agraciado. La verdad, yo no les encontraba ninguna
utilidad que no fuese comerlos. Pero una vez allí, teniendo delante a mi
víctima, la fuerza de mi decisión comenzó progresivamente a perder su energía
inicial.
Ante mis ojos estaba ese majestuoso animal de porte distinguido,
mirada altiva y elegancia innata, siempre rodeado de su harén de hembras. Allí
en su gallinero, él era el rey, nadie le discutía su liderazgo, incluso rodeado
de excrementos y comida pasada conseguía brillar por encima del lugar donde se
encontraba. Ahora comprendo por qué no pude hacerlo, por qué me quedé
petrificado mirándolo. Ese animal representaba lo que yo quería ser, el líder,
el macho alfa, el gran triunfador. Era como mirarme en un espejo distorsionado
en el que se me mostraban mis deseos y ambiciones, pero como descubriría en el
futuro, que se cumpla todo lo que deseas puede ser la peor de las maldiciones.
Pero para desgracia de las gallinas, el deseo de conseguir mi
bicicleta no desapareció, y después de todo el tiempo que había gastado ya en
conseguir el cuchillo no me quedaban más ganas de seguir buscando otra víctima.
Otro detalle de mi carácter que también me traería problemas en mi vida,
siempre quiero conseguir lo máximo con el mínimo trabajo. Cogí en mis brazos
sin esfuerzo alguno a la primera gallina ponedora que encontré dentro del
cobertizo. Si llego a saber que era tan fácil me hubiese decantado por ella
mucho antes. El sitio donde iba a realizar el ritual estaba claro, el desván
era el lugar idóneo. Una vez allí, coloqué todos los elementos necesarios en el
viejo suelo de madera. Seguramente era el lugar más descuidado de la casa, en
su interior se encontraban diversos muebles antiguos estropeados y desmejorados
por el paso del tiempo, cajas de patatas y cebollas colocadas en el suelo a la
espera de ser consumidas, todo esto rodeado de un ambiente polvoriento y una
luz casi inexistente. Todo dotaba a este lugar de una atmósfera pesada y
angustiosa, que producía una sensación de angustia y desasosiego que te
obligaba a no querer permanecer demasiado tiempo allí.
Con todo ya listo, no me
quedaba más que ponerme manos a la obra, abrí el libro de hechizos por la
página correspondiente, con la mano derecha agarré con decisión la empuñadura
del cuchillo y mientras acariciaba con ternura a la pequeña gallina empecé a
relatar los cánticos.
Comencé a entrar en un profundo trance en el que mi voz
sonaba lejana, como si saliese de un profundo pozo húmedo y sombrío. Ya no era
emitida por mi boca, salía del interior de mi ser como un eco de mi conciencia
más turbia y sombría, pero cuanto más me sumergía en esta oscuridad, más
consciente era de todo lo que me rodeaba, los latidos retumbaban dentro de mi
oído cómo funestas campanas de muerte que anunciaban el fin de ese pobre
animal. Mi cerebro ya había mandado la orden a mi brazo para que actuara como
un verdugo sin conciencia ni remordimientos, cuando una sacudida tan repentina
como inesperada me sacó del trance. Estaba tan ensimismado en mi propósito que
no oí la llegada de mi abuela al desván. Vociferaba con angustia mientras subía
las escaleras todo lo deprisa que sus piernas le permitían. Recuperé plena
conciencia de donde me encontraba, a la vez que la fuerza de mi cuerpo se
desvanecía, el cuchillo se soltó de la mano cayendo lentamente mientras la
gallina se escapaba violentamente del brazo escurriéndose como una lagartija
hiperexcitada. Pude ver sus ojos encendidos en sangre antes de meter su cabeza
dentro de la pernera de las bermudas y darme un los picotazos feroces y
violentos. ¡Joder, qué dolor! Nunca en mi vida sentí algo parecido, cientos de
eléctricas punzadas recorrían todo mi cuerpo haciéndome convulsionar tanto de
dolor como de pánico. Hasta que mi abuela me ayudó, no conseguí librarme de la
violenta reacción del animal. La abuela sujetó fuertemente a la gallina en sus
brazos y, ante mi mirada atónita, al no poder calmarla le retorció el pescuezo
con un diestro movimiento de su mano.
Bajaba la escalera del desván delante de mi abuela, pero mi estado de
confusión no me permitía entender sus palabras, sonaban como un dialecto
desconocido, pero sólo su tono severo y angustiado ya me servían para saber que
me esperaba una buena reprimenda. Deseaba que las escaleras aumentasen su
distancia hasta no tener fin, pero como todo en esta vida, se acabaron, y
pronto me encontré sentado en la cocina aguantando una interminable bronca a
dos bandas de mi madre y mi abuela. Aguanté estoicamente la larga charla
mirando al suelo resignado y entre sollozos, pero sólo era una pose, un
espejismo para que creyeran en mi arrepentimiento y promesa de no volver a
repetir lo ocurrido, cuando la realidad sólo era que estaba rabioso por no
haber conseguido el objetivo que me había propuesto y por tener un dolor
insoportable en las pelotas.
Acepté el castigo que se me impuso sin discusión ni lamentos y después
de una semana de reclusión en casa, mi madre me permitió acompañarla de compras
a la plaza del pueblo. De buena gana acepte su invitación, ya estaba harto de
permanecer todo el día dentro de casa escuchando sermones inacabables sobre el
bien y el mal y las consecuencias que se producirían al ignorar sus
advertencias sobre la utilización de la magia de una manera inapropiada y
egoísta.
Al llegar a la plaza, mientras cargaba con las bolsas de la compra de
puesto en puesto, me topé de bruces con mi pandilla de amigos. Entre ellos se
encontraba mi vecino. Con su fardona bicicleta se estaba despidiendo de ellos
porque tenía que volver pronto a casa. , . Sabía qué camino utilizaría para
volver a casa, le pedí permiso mi madre para ausentarme un momento de su lado
con la excusa de ir a comprar un tebeo para tener algo con que entretenerme
durante mi castigo. No me puso ningún impedimento, y recordando me que no me
demorase demasiado, me dejó ir. Me aposté al final del callejón por donde sin remedio
tendría que pasar mi vecino para salir de la plaza, y con la espalda apoyada
detrás de la esquina esperé pacientemente su llegada. No tardó mucho en
aparecer por la entrada de la estrecha calle mire de reojo unas cuantas veces
para calcular la distancia y agudice el oído para actuar en el momento idóneo.
En cuanto vi la primera rueda sobrepasar la esquina, le solté un violento
empujón con todas mis ganas,que le hizo darse un tremendo golpe contra el
suelo. Se retorcía y lloraba de dolor mientras se sujetaba su lastimado brazo.
Me acerqué a él y, sujetándole fuertemente de la camiseta, le advertí que como
se le ocurriese chivarse le haría algo mucho peor. Me miró aterrado a la vez
que asentía con la cabeza y, en el momento que vi mi cara reflejada en sus
húmedos ojos, comprendí que había entendido perfectamente el mensaje.
Ese verano aprendí varias cosas, y ninguna de ellas tenía nada que ver
con lo que mi abuela y mi madre querían que comprendiese. Sólo se grabaron en
mi cerebro dos premisas: una, que había diversas maneras en este mundo de
conseguir lo que quería, y otra, que jamás me volvería a poner bermudas para
realizar un sacrificio.
Atilano.
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