Palabrario, s.m: colección de palabras secas y clasificadas que se usa como
material para la morfología (estudio de las palabras). Según los expertos en la materia, el mejor
método para secar las palabras es el de dejarlas secar al sol. A su vez, no
recomiendan el de dejarlas secar entre pliegues de papel periódico, puesto que
la tinta puede llegar a correrse. A continuación un ejemplo, se recomienda leer
el cuento en voz alta y escuchar las melodías que se indiquen. A continuación Reminiscencia:
Reminiscencia, f (del lat. reminiscentĭa): efecto o fenómeno que nos hace
recordar aquello que se encuentra en el pasado a partir de algún elemento o
situación particular como un objeto, una imagen, un aroma que funciona como referencia.
El 29 de Julio abrí mi tarrito por primera vez, un frasco
de cristal como esos que guardan barcos en su interior, que mi puño apenas
alcanza a encerrar, respiro por primera vez el olor de los Olivos andaluces y
entre altos edificios él, mi frasco, se perdió entre dédalos y minotauros, se
asustó hasta que se topó con un [1]panadero
a las 3:46, un panadero como Diego que dice que para encontrarse hay que
perderse.
En
la esquina veo a Diego con esa manera suya tan peculiar de caminar, con el
torso inclinado hacia adelante, como si su pecho quisiera huir de sus piernas. Cada
ventana con su balcón, cada balcón con su historia. En mí, ella encierra todos sus
flamencos recuerdos. Cerraba rápidamente mi tapón para que no se fueran a
escapar los recuerdos. Ese mismo día escuchamos una sevillana que atrapaba todo
el misterio de este mundo.
Al
día siguiente, en Córdoba encerré 42 grados centígrados y el canto de los pájaros.
Cada vez que me abre sale un silbidito, un silbidito de un pajarillo gitano,
creo que ese día, me derretí un poco
Recuerdo
que le leyó en voz alta un cuento al Guadalquivir, el Guadalquivir que se
emocionaba con cuentos que iban algo así de historias de cafetines. Yo también
me emocionaba y me emocionaba mucho, eran cuentos que iban algo así como de
crisálidas. El Guadalquivir chocaba con sus aguas las paredes de esa
escalerilla de piedra y me mojaba, yo me angustiaba y ella leía aún más duro.
El 4 de julio, en Sintra, encerré una guitarra. No
comprendo ese instrumento, pero si no fuera un frasco que encierra viajes
hubiera bailado, hubiera bailado esa guitarrosa canción con mis guitarrosos
pies y mis guitarrosos pasos. Dentro de mí quedó encerrado ese 4 de julio, y si
me miras fijamente verás al guitarrista y a mi dueña bailar canciones llenas de
verãos. Ella extendía los brazos y
daba giros muy rápido, tanto que me mareaba y creaba dentro de mí tsunamis de
agua del Guadalquivir
[2]Por
las ruas de Lisboa comíamos Pastelitos de belén con coca cola madura frente al
puerto ese donde ellas saltaban sobre los bolardos. Ella, mi niña, cayó y yo
con ella entre barquinos de papel, se raspó la rodilla y lo ojos se le
enlagunaron con palabras en portugués, así que ella, su niña de pelo azul, le
regaló una boina que olía a mar, una boina que llevaba todo el universo en su
interior mientras ellas llevaban verãos nas orelhas.
Tanto
calor hacía que se encerraron en las librerías viejas hasta llegar al Museo de
Chiado. En verano, los museos son de lo mejor para el calor, son frescos. Ahí,
ella, mi niña, le contó a su niña de pelo azul que su mamá de pequeña, en
verano la llevaba a los museos para soportar el sofocante calor, se sentaban
frente a un cuadro y lo veían calladas durante horas hasta que el sol bajara.
En
Mérida, ella bebía leche achocolatada, y yo, en el bolsillo delantero y entre
barcos de papel me asomaba para ver el anfiteatro. Él, su niño, empezó a
recitar, decía ser romano. Y yo le creí. Ella reía y bebía de su chocolatosa
botella aplausos sabor leche de verano. .
En
Cáceres sonaba un grupo que tocaba música irlandesa, sonaba maravilloso. Ella
me colocó como siempre en el suelo y me destapó, cada nota de esa flauta entró
como una fuerte corriente de agua en mí. Sentía que me iba a caer en cualquier
instante y se regarían todos los recuerdos de aquel verano.
En
Salamanca, todo derecho se llegaba al Tormes y si prestabas mucha atención,
entre la maleza escuchabas a un Lazarillo tararear, le tarareaba canciones a la
Celestina que muy prudente y diligente le enviaba entre canastas los tarareos a
Calixto y Melibea que, enamorados ponían candados en la fuente del Huerto, el
huerto, por la catedral vieja al fondo a la derecha al lado de la posada azul, allá
no muy lejos buscamos ranas. Ella mientras tanto, mezclaba mi agua del Guadalquivir
con la del Tormes, con la de Vigo y con la del Tajo hasta hacer cantar al dragón
sonriente que comía helado junto al astronauta, allá en una catedral nueva.
En
Santiago ella echó su suerte y dormimos en un parque, ella no despertaba y yo
veía a la gente pasar, el pasto de Santiago era suavecito, como una nube. Y
allá, a lo lejos, las nubes tenían sed, porque si no la tuviesen, estarían
regordetas, ellas, allá a lo lejos, acostadas en el cielo miraban hacia el
pasto y le buscaban forma a los que estaban dormidos.
En
Finisterre al mediodía, en la torre del Hércules ella atrapó dentro de mí un ventarrón
que se le había quedado atascado en el hombro, un ventarrón frío y penetrante,
el soplido de Zeus en el ombligo de su oreja, un soplido que aún se arremolina
en mi interior, se arremolina a la luz que atraviesa los vitrales de León, de
todos los colores, colores que coloreaban las sombras en el suelo.
En
Burgos diluvió, ellas prendieron la música a todo volumen, abrieron mi tapón,
me dejaron en el suelo y bailaron mojadas canciones en un Burgos empapado, la
lluvia que limpia…[3]Tu
cantabas triste por el camino Viejas melodías en guaraní.
En
mi interior guardo personajes azules de Miró que bailan en museos frente a los
ojos inquisidores de los vigilantes. Ella, mi dueña, dice que bailar en los
museos es fascinante, que el suelo es exquisito y que sus pies ríen con las Composiciones de Kandinsky. En mi
interior yo guardo todas las obras y también la guardo a ella, su niña de pelo
azul, imitando a las esculturas.
En
mi interior, no sólo guardo ríos, guardo mares, guardo playas, guardo arena
caliente, arena frágil, arena fría, arena gruesa, piedras de colores de la
Barceloneta luego de buscar un piano para que ella, su niña de pelo azul,
librara sus manos que, sobre el teclado semejaban arañas, [4]Chopin
encerrado en una tienda sobre Las Ramblas.
Guardo
gotitas de tinto de verano, burbujas de jabón, conversaciones nocturnas, paseos,
alguna lagrimita y yo no sé por qué, una gota de chocolate, guardo un panadero,
guardo una canción de ABBA, guardo temperaturas altas y altas horas de la noche
en barrios Góticos no tan lejos de los puertos, guardo corridas por estaciones
de tren, estaciones de metro, calles amplias, calles estrechas, guardo sombras
por la avenida, pasos perdidos entre tanta gente, y en el fondo de mi reminiscente
alma escucho a Carlos III, con aire insigne quitándose
el sombrero muy lentamente bajando
de su caballo con voz profunda y diciéndole
a su lacayo: ahí está, la [5]Puerta
de Alcalá.
Yo vi travestis perdidos, la juventud corriendo por
las calles de España inmortalizándose dentro de mí, un eterno julio de 2013 con
unos eternos 16 años de vida, todo dentro de una cajita de música que, sin lugar a dudas, guarda la más bella melodía
condenada a revivir al giro de una simple manivela...Ella, mi niña, giraba la
manivela y revivía [6]La vie en rose debajo de la cama, una vida rosa bastante catalana
en un metro que olía por momentos a kebab igual que frente al Palacio Real
donde por las noches sonaba la Orquesta Sinfónica, y ella, en su afán de
guardar todos los recuerdos, me destapaba y al lado de la verja me hacía
guardar la más bella melodía, ahora encerrada entre arena y guerras de agua.
Finalmente
me envolvió en papel y con guaya me amarró. Yo llevo dentro todos los ríos de
la Península, llevo olor a cigarrillo, olor a especias, olor a coca cola
madura, a bacalao y a pastelitos de Belem, yo fui, soy y seré julio del 2013.
Yo, en mi tarruda vida, a pesar que pasen los días, salto a través del tiempo y
vuelvo al anterior verano, sólo hace falta mirarme un poco para que ella evoque
ese mes.
Soy como una cámara fotográfica, las fotografías que atrapan el tiempo en
instantes específicos y momentáneos para encerrarlos en trozos de papel de
distintos tamaños. Yo, un frasco de vidrio atrapo el tiempo en instantes
específicos y momentáneos, así, cada vez que ella me destapa repasa, como
mirando un álbum de fotos, su viaje a través de olores, de lunas, de kebabs que
sonaban igual que las Marimbas en el Parque Güell y Chupa Chups. A través de
la brisa de mar y del sabor del bacalao y de los pastelitos de Belén, yo soy la
arena que ella siente entre sus dedos en San Sebastián.
~Era una
reminiscencia~
Cae el telón
[1] Panadero, s.m:
Duendes del polvo, cuya apariencia es similar a una motita blanca casi
transparente de contextura felposa como los dientes de león.
[2] . Portuñol: Mezcla ingeniosa entre el español y el portugués cuando el
hablante sabiendo hablar uno de estos dos idiomas, desconoce total o
parcialmente el otro.
[3] Recuerdos de Ypacarai, se recomienda que se escuche la versión de Ainda
dúo y que se beba agua fría mientras tanto.
Maravilloso; rendición y sentencia.
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