martes, 1 de julio de 2014

El rostro de la distancia- Gabriel Benasque

El rostro de la distancia

Apoyada mi cabeza sobre su vientre podía contemplar su sexo oscuro, el contorno suave de sus muslos y, un poco más allá, el mar.


Sobre el camastro al que nos aferrábamos como náufragos de nuestra propia deriva se enfriaban nuestros cuerpos enterrados en aquel minúsculo camarote del barco que nos llevaría prisioneros a cualquier lugar al que llamar, casi con desprecio, libertad. Pero yo sólo sabía volver, como un ave migratoria, a aquellas playas de las que ahora me alejaba y que junto a ella tantas veces había recorrido. Sólo me aliviaba sobrevolar el paisaje de la nostalgia por todo aquello que nunca pasó.

Volvía a ese súbito beso que nunca le di, y que sin embargo habitaba tan nítido, tan cortante dentro de mí como una esquirla. Volvía a aquella despedida tantas veces rememorada. Con aquel rostro que no era sino el de la distancia. El de quien contempla aquello que sucede ya demasiado tarde. El rostro con una mirada que viaja ya muy lejos de allí.

*****

No recuerdo muy bien cuando me percaté de ella. En aquella residencia en la que los inquilinos procurábamos ser cordiales desconocidos, todo, incluido el hecho de intimar con alguien, transcurría tediosamente despacio.
           
Siempre acompañada de su cuaderno de notas, al que ella llamaba diario, Matilda pasaba entre la mayoría de nosotros como si habitase espacios paralelos. A veces, cuando iba a buscarla a su habitación después del desayuno ya había salido. "Hoy amaneció nublado" me comentaba, subrayándolo con una sonrisa indefinida cuando la reencontraba al final del día y le preguntaba distraídamente por su ausencia.

            Alguna vez hice el intento de saber más sobre su pasado, que Matilde enseguida zanjaba. "Si algo nos une es que nuestro pasado ya poco importa". "Saber de qué huyen los demás te convierte a ti también en cómplice de sus perseguidores".

Supongo que, como la mayoría de los que habitábamos en aquella pequeña ciudad norteafricana,  iba subsistiendo de los cada vez más escasos envíos de aquellos familiares y allegados a quienes la guerra aún no había conseguido arruinar.
Pero en el caso de Matilda, cualquier conjetura iba siempre un poco más allá.
Lo más pintoresco que escuché, aunque quizá no fuese tan descabellado, era que posaba desnuda ante algún afamado pintor que no faltaba entre nuestros distinguidos vecinos. Incluso hubo alguno que insinuó que podría tratarse de un agente infiltrado, acusación que por otro lado tampoco era infrecuente en esos tiempos tan carentes de certezas.
Naturalmente, no tardaron mucho en relacionarnos a nosotros dos según nuestra amistad y complicidad fue creciendo. Incluso algún apuesto oficial me llegó a echar en cara mi ambigua relación con ella, a pesar de mi condición de recién casado.
Debo reconocer que hubo una época en la que ser el "amante oficial" de Matilda me resultó incluso divertido, y no hacía nada en absoluto para desmentir a quien así lo pensaba. Inesperadamente me convertí en un ser envidiado, y por lo tanto, respetado por personas mucho más poderosas e influyentes que yo.

*****

La actividad más frecuente que llevábamos a cabo Matilde y yo cuando desaparecíamos juntos de la residencia era pasar mañanas enteras en una playa desierta al norte de la ciudad, jugando con unas cometas que la propia Matilde realizaba.
Eran muy hermosas, diferentes a las cometas convencionales que a todos nos viene a la memoria cuando las mencionamos. Tenían largas colas con diferentes adornos que les daba una extraña personalidad. Flotando durante horas como animales mitológicos, aquellas cometas se apoderaban de aquél entorno.
Adoraba ver a Matilda, jugando como una niña e intentando gobernar aquellos gráciles artilugios, a merced de un viento implacable. Y es, de hecho, uno de los momentos que más nítidamente conservo de aquellos días. Cuando me decidía a acompañarla, ver nuestras dos cometas, suspendidas en el aire, con un vuelo, impreciso al principio pero que poco a poco se iban sincronizando, hasta lograr una especie de pausada danza, se me antojaba una hermosa metáfora de cómo se hilvana una amistad. Según fuimos adquiriendo habilidad en su manejo, llegamos a conseguir que ambas cometas pareciesen una, cada vez más próximas pero evitando siempre tocarse.

*****

- Lo especial de este diario - decía - es que en él escribo las cosas que me van a pasar. Mi futuro y no mi pasado. Es fantástico levantarse cada mañana, abrirlo y saber todo lo que te va a pasar a lo largo del día.
- ¿Y qué quedó entonces del libre albedrío?
- ¿Puede haber más libertad que ser el propio guionista de tus días futuros?
- ...siempre que esos días resulten favorables claro.
- De eso ya me encargo yo. Aunque es cierto que a veces tengo la sensación de estar viviendo un guión que ya he leído, pero del que vagamente me acuerdo de su final.
- Afortunadamente. No creo que nadie pudiera disfrutar de una vida sin ninguna incertidumbre.
- ¿Sabes lo que realmente me gustaría? Encontrar a la persona que escribiera ese diario por mí. Buscar la página con la fecha del día y entregarme ciegamente a lo que esta me deparara. Con toda la fe y la devoción que sólo da el amor.
- Bueno. No tengo muy claro si eso sería amor o sumisión. Aunque, al menos, suena hermoso.
- ¿Acaso puedes separar varias cosas?
- No…, supongo.
- ¿Te gustaría probar la experiencia?
- ¿La de someterme para amar?
- La de dejarme escribir tu futuro. El de un único día. Jurándome por adelantado cumplirlo.
- Miedo me das. No creo que nadie pueda prometer algo así.
- Nadie que tenga tan poco valor como tú, querrás decir.
- ¿Y si me pides que salte por una ventana?
- Saltarás. Naturalmente.
- ¿Y si me pides…, que cace un dragón?
- Lo quiero vivo. Adoro los dragones.
- ¿Serás benévola, al menos?
- Seré implacable.
- No sé para qué le doy tantas vueltas. Al fin y al cabo en tu diario ya vendrá la respuesta si en él está escrito el futuro como dices... Muéstrame pues si finalmente te he vendido mi alma.
- Muy astuto…. aunque terriblemente previsible. Sabes perfectamente que va contra las normas. Nunca enseño a nadie lo que me ha de suceder. Le daría demasiado poder sobre mí.
- ¡Qué cara!
- Pero efectivamente, tu respuesta es afirmativa.
- Ya claro. ¿Y qué prueba me das de que eso es cierto?
- La única posible. La página de mañana.

*****
A la mañana siguiente, casi al amanecer comenzamos la ascensión tras atravesar nuestra playa, la cual se mostraba desconocida, con la arena fría y con pálidas tonalidades tan diferentes a las que mostraba a las horas que solíamos frecuentarla.
Si recuerdo especialmente ese día es porque, quizá por primera vez, fui consciente, no sólo del viaje que había empezado dentro de mí, sino del estadío tan avanzado en la que se encontraba. Ese en el que detenerse, y más aún retroceder, requiere de una fuerza y convicción que hace tiempo se desvanecieron.
Nos detuvimos a reponer fuerzas a medio camino, y ella aprovechó a retratarme en su omnipresente diario. Lo cierto es que tenía talento, y aunque le eché en cara que me hubiese dibujado tan poco agraciado lo cierto es que el parecido era innegable. Remató la página en la que figuraba mi retrato tomando unas breves notas que no me quiso enseñar.
En aquel momento, debo confesarlo, sentí inequívocamente la necesidad de sortear en un instante cada obstáculo que pudiese haber entre nosotros. Y pude ver y ponderar frente a mí, como si se tratara del mapa de un territorio por conquistar, cada primera vez que me faltaba por alcanzar a su lado.
            A punto de llegar a la cima del promontorio que ponía fin a nuestra excursión, le tendí la mano, que estrechó con fuerza para tomar impulso. Tiré de ella hacia mí viendo como su rostro se acercaba al mío mientras me obsequiaba con una entusiasta sonrisa. Me detuve a ponderar la suavidad y la forma de su mano pequeña y delicada. Recordé con añoranza esas pequeñas luchas interiores de la adolescencia en que las manos de los aprendices a todo, se buscan con vida propia. Y no podía dejar de percibir, que me precipitaba hacia el vértigo de lo inevitable con tal impulso que, pasara lo que pasara entre nosotros dos, poco o nada dependía ya de mí. Salvo, claro está, la huida.
*****
Es usted una de esas personas con el extraño don de inspirar confianza, sospecho que de un modo inmerecido, a raíz de los acontecimientos. A pesar de lo cual, permítame que me tome la licencia de desvelarle un pequeño secreto, sabiendo que sí tendrá conmigo la deferencia de guardármelo, mientras lee y firma la declaración de nuestra querida amiga. 
Y no se apure por las consecuencias que pueda tener esa firma. Seamos realistas. Todos sabemos, ella la primera, que estaba sentenciada desde el momento que se hicieron evidentes sus vinculaciones con la resistencia. Algo sencillamente intolerable. Pero aún así, a nosotros nos gusta cumplir rigurosamente con los convenios acordados y queremos que la acusación esté cimentada sobre testimonios y hechos irrefutables. Y su firma, confirmando todo lo que ella, voluntariamente, ha confesado dejará zanjada cualquier insinuación de que se hayan podido vulnerar los derechos de la acusada. Ya sabe usted de la maleficencia de tanta gente ociosa en esta hedionda ciudad.  
Comprendo no obstante, que su imagen, a ojos de esta misma gente, quede un poco en entredicho, pero sabe que nosotros estamos siempre al lado de los… justos, y que mañana mismo, como le prometí a su hermosa mujer, estarán ustedes dos, felizmente rumbo a América.

¡Ah, pero no me mire así! Va a hacer usted que me sienta mal. Para aliviar su conciencia le diré que ya no quedaba nada de ella cuando se la llevaron. Un mero caparazón, nada más que eso era. Afortunadamente, la esencia de lo que un día fue queda para nosotros dos.
¿Y qué sabrá usted de ella?- pensará. ¡Ay amigo mío! No le importa que le llame amigo, ¿verdad? Esta es precisamente parte de la pequeña confesión que quiero compartir con usted.
Estos tiempos tan convulsos, en los que nos hemos visto a veces obligados a llegar a extremos impensables en tiempo de paz, me ha permitido, sin embargo, enfrentarme a situaciones verdaderamente... reveladoras. ¿Se ha parado a pensar lo que se siente en mi posición, cuando tiene a su merced la vida entera de una persona? Cuando haga lo que haga con ella, no va a tener que rendir cuentas a nadie. No sé si ve por donde voy...
Imagínese a una mujer, desnuda y sentenciada sobre la cama de su habitación, como yo tuve durante los últimos dos días a su amiga en la mía.
Y subrayo lo de sentenciada, sí. No simplemente indefensa o apetecible, sino sentenciada. Sin cuerpo del delito no puede haber delito... ¿lo entiende? Su amiga ya era historia a pesar de ser completamente tangible, y el escenario perfecto para alimentar mi..., digamos, inclinación al exceso. ¿Qué daño se le podría hacer a alguien que en la práctica ya no existe?
Es una experiencia, a la que, sorprendentemente, uno se acostumbra en seguida. Es más, creo que todos deberíamos pasar alguna vez por esta. Créame que no es simple crueldad, sino algo más próximo al deseo de conocer el límite del alma humana.
No sé qué imagen de Matilde guardará dentro de su corazón hendido de aquí en adelante, pero estoy absolutamente seguro, por muchos rumores, que tan caros podrían haberle salido a usted, acerca de su relación con ella,  de que no guardará, ni remotamente, un mapa de su piel como lo poseo yo, tan minuciosamente ordenado en mi memoria... "gustativa".
Ay, qué obsceno soy, ¿verdad? Es admirable que todavía se sienta en posición de juzgar a nadie, pero tenga un poco de paciencia, y vaya más allá, se lo ruego. Reconozco que semejante tarea me satisface en grado sumo, pero hay algo más. No estoy hablando únicamente del saborear el complejo mundo de  matices que hay sobre el cuerpo de una mujer, intensificado si cabe por el miedo y la derrota. Cada área de piel, cada dermatoma, si me permite el tecnicismo, encierra también un recuerdo y, a veces, una entrada oculta a los sentimientos más celosamente guardados ¿lo sabía? Escondidos incluso a nuestra propia conciencia.  Especialmente si esa piel pertenece a quien su juventud no le ha permitido más que vislumbrar las etapas preliminares del autoconocimiento.
Ahora sí empieza a entenderme... Lo leo en sus ojos. Y debería estarme agradecido por esto que tan desinteresadamente comparto con usted.  Es casi como penetrar en el interior de una pirámide. Un viaje iniciático que transforma al explorador y a lo explorado. Sólo es necesario un poco de orden y paciencia. Vas estimulando cada centímetro cuadrado de su piel y lentamente los secretos van aflorando a la superficie, uno tras otros. No siempre, claro está, llegas a saber cómo interpretarlos, pero hay un momento especial, un punto de inflexión, en el que el cuerpo desprende una energía inusitada, un estremecimiento de todo el cuerpo, que puede llegar a pasar desapercibido a alguien inexperto, pero que si consigues apresarlo te da la llave maestra a cada rincón de su alma. ¡Qué gran misterio, amigo mío, es el placer cuando descubres su capacidad de desarmar a una persona, de un modo infinitamente más efectivo que el del dolor! Esa tecla que una vez pulsada provoca el vertido de toda una química de la excitación en el torrente sanguíneo. Quedando la razón totalmente bloqueada y claudicando al a un feroz instinto. Es algo delicioso escuchar gemir a una mujer sin que ella misma sepa por qué lo hace. Escuchar como suplica más placer a quien conoce que será su verdugo. ¿Sabe? Creo que había algo de despecho en su total entrega. Incluso que le hubiese hecho feliz saber que horas después yo estaría aquí contandole esto a usted. Me siento como un entrometido, en cierto modo. Llegué en el momento justo para aprovecharme de algo que ella guardaba para otro, o quién sabe si para usted. Pero, esto no son más que suposiciones.
Como una marioneta, empezó a confesar todo lo que hasta entonces había negado. Mencionó el nombre de cada colaborador, cada fecha, cada localización de las actividades ilegales en las que participó. Y yo seguí tirando de la cuerda convencido de que pronto o tarde aparecería su nombre, mi querido amigo. Pero, afortunadamente para usted, jamás le mencionó. Es como si le hubiese arrancado de su vida. Como si usted fuera esa hoja que falta en el diario que usted nos entregó.
En fin, me quedaré sin saber por qué ella permaneció aquí si nada le ataba ya a este lugar. Los mensajes que transmitía tan ingeniosamente a los barcos a través de sus cometas hace tiempo que dejaron de ser necesarios, pues la gente que podría estar interesada en ellos ya estaba muerta o encarcelada. Incluso nos consta que tenía algún familiar esperándola en América.
Bueno, ya poco importa...
Veo, que ha terminado, y como suponía no le ha temblado el pulso a la hora de firmar.
Es un alivio comprobar que siempre queda gente peor que uno mismo ¿no cree?
Puede marcharse ya. Y…, por cierto, confírmele a su mujer que cumplí mi palabra de no contar nada. Ella entenderá. Parecía tan preocupada de lo que usted pudiera pensar... Sé que será comprensivo.

*****

Ya están aquí. Mañana tomarán oficialmente la ciudad pero los que estaban infiltrados empiezan a salir como ratas de sus cloacas. Es el final de todo. Y me temo que el momento de una despedida que tanto he hecho por evitar. No tengo mucho tiempo. No te conviene que nos vean juntos. Te pido que guardes mi diario y lo entregues en recepción. Ellos saben a quién deben hacérselo llegar. No creo que tarden mucho en interrogarme y si cayera en manos equivocadas mucha gente se vería en un gran apuro.
            Toma. Esto es para ti. Al fin y al cabo ésta página te pertenece. Pensé que te gustaría tener el retrato que te hice. Espero me recuerdes aunque sea a través de tus ojos. Esos que dibujé para mí…
¿Por qué no me dijiste que ella venía? ¿Que estaba a punto de llegar a la ciudad? Aquí se termina sabiendo todo…
Hoy me pregunté si te acercaste a mí porque sentías que no tenías nada que perder. Jugando con las cartas marcadas…
Perdóname. No sé por qué te digo todo esto. Simplemente, es que me había hecho la ilusión de que aún me quedaba un sitio al que poder volver entre tanta huida.

Ojalá fuese tan fácil arrancar una persona de tu vida como arrancar la hoja de un cuaderno.


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