Descubriendo a Laura
El
tiempo pasa y no nos pide permiso para
seguir avanzando tan rápidamente. Había pasado la edad donde los sueños aún se
cumplen. Pero la rutina de la espera me cogió desprevenida y me enganche a una
vida de horarios preestablecidos y esperas interminables. Siempre esperando.
Esperando una señal, como siempre.
Me
había acostumbrado a dejarme guiar por los letreros luminosos.
Y
el tiempo paso inexorable. Cuando me di cuenta la vida se agolpaba en mis
sienes y los cuarenta estaban a la vuelta de la esquina. Las canas ya hacían acto de presencia y mi
cuerpo parecía no querer llegar a los ochenta.
Recuerdo
muy bien cuando tomé la decisión. Me habían echado de mi último trabajo, uno de tantos. Lo malo
de la crisis es que ya a los treinta parece que eres demasiado mayor para trabajar, lo bueno, es que desarrollas
una capacidad de adaptación impresionante. Trabajé de todo un poco, me forme en
todo lo que decían que era adecuado. Mi currículo llego a tener hasta tres
páginas con tanto curso, prácticas laborales y mini trabajos. Pero esa no era la vida que yo quería.
Hacía
mucho tiempo desde mi último viaje. Puede que antes de cumplir los treinta.
Recuerdo ir a Port Aventura con un grupo de amigos de la carrera. Antes, cuando la vida aún parecía
sorprendernos, y el tiempo aún no corría demasiado rápido. Antes, cuando aún
quedaba tiempo para alcanzar todo aquello que queríamos. Y Todo aquello que queríamos fue difuminándose entre años y
deberes.
Me
despidieron un mes de febrero y lejos de desesperarme una vez más, decidí poner un dedo en el mapa con rumbo a ninguna parte.
Mi dedo señaló Inglaterra, como país de destino.
Ya
sé que es un lugar que todo el mundo conoce, que desde España no queda tan
lejos, que todo el mundo ha estado allí al menos una vez. Pero en mi caso yo
nunca antes había pisado suelo inglés. Tan solo conocía ese rincón del mundo,
gracias a películas y fotografías. Además, sería también la primera vez que
viajase sola en un avión. La primera vez que vería las nubes fundirse con el
cielo. La primera vez que… todo volvería a renacer.
Hablé
con una amiga, algo más viajera que yo, pero que también llevaba un tiempo sin
viajar. La convencía para ir una semana. El tiempo suficiente para querer
volver.
Ella,
algo más experta que yo en viajes, me aconsejo del clima, su cultura, me habló
de los mejores lugares para ir a comer y dejo que fuesen mis ojos los que
juzgases los lugares más emblemáticos.
Soy
una persona a la que le encanta hacer listas y poner un tic cuando algo se ha
cumplido. Para esté viaje no iba a hacer menos, y me compré una bonita libreta
para anotar cada lugar que quería inmortalizar.
Los
preparativos previos, fueron una odisea. Mi maleta nunca cerraba y tenía la
sensación de que todo era necesario. Nada podía quedarse atrás: ni el
chubasquero, ni el abrigo de plumas, ni las cinco jerséis de cuello alto, ni
tan siquiera mis calcetines de lana.
Mi
amiga me llamó exagerada, que con algo de ropa de abrigo me bastaba, pero que
no era necesario tanto. Teniendo en
cuenta que íbamos en abril, no moriríamos de frío, pero tampoco esperábamos
volver, con un moreno obrero en nuestros brazos faltos de sol.
Llego
el día y la noche anterior, el baño se convirtió en la segunda habitación más
transitada de mi piso. Jamás hubiera pensado que algo me emocionaría tanto.
Parecía una niña pequeña a la espera de abrir sus regalos de navidad o de
cumpleaños. La imagen era tan patética que llamé a mis padres para decirles que los echaría de menos y que
cuidasen de Titán, nuestro perro que nunca envejece. Al verme por Skype, pálida y con ojeras
pensaron que me había enfermado. Lo mío no era ninguna enfermedad, era la
emoción contenida en el estómago.
El
día ansiado llamó a la puerta. Estaba deseando subirme al avión y contemplar
las nubes desde lo alto. Llegamos al
aeropuerto de Gatwick, de
ahí tomamos un tren hacia la estación de
estación Victoria y de ahí, a la estación de Westminster.
Nada más salir de allí y ver las increíbles vistas del Big Ben me
había dado cuenta de que lo había conseguido, estaba en Londres, esa ciudad tan
conocida por muchos, a la que odias o quieres profundamente. Londres, la
antigua Londinum. Donde historia y la arqueología conviven con la modernidad de
una ciudad que respira cambio. La ciudad del Támesis. Sentí como el mundo
detenía, fuera, todo era ruido y más
ruido, dentro de mí, todo era silencio y lentitud. Quería retener ese momento
en mi retina, alargarlo y hacerlo eterno en mi memoria. Recuerdo que me quede
pensado, que era esto lo que andaba buscando, lo que llenaba ese vacío que
sentía hace ya demasiado tiempo. Era esto, sí. Era la necesidad de volver a
creer en algo llamada magia. Tal vez no la vea, no pueda describirla, pero sé
que esa sensación perdurará por siempre en mi retina y en cada apliegue de mi
piel.
Después
de sacarnos mil fotos, visitamos Abadía deWestminster y luego nos dirigirnos
hacia nuestro hostal. Lo cierto es que esperaba un sitio pequeño, con sábanas
desteñidas y baños clausurados, por no pasar una inspección de sanidad. Y sin
embargo, aquel lugar era bastante habitable, limpio y hasta cómodo. Compartimos
con gente de todas partes, y puedo decir que nunca tuvimos ningún problema.
Siempre
recordaré esos días en Londres. Las
caminatas intensas, la mezcla de culturas, la sensación de estar en un lugar
donde nunca se descansa y todo parece inagotable. Llegamos y conocimos Hyde Park, el Serpentine Lake, el Albert Memorial, el Royal Albert Hall y Knightsbridge; al día siguiente fuimos
al emblemático Big Ben, la Abadía deWestminster,
al museo Madame Tussauds y nos subimos al London Eye.
Así pasaron los días, sin guías,
sin tour. Fuimos al palacio de Buckingham Piccadilly Circus,
Traflagar Square, Green Park, el Tower
Birdge, Abbey, Neal´s Yard Posiblemente el rincón más colorido de Londres se
encuentra en el barrio de Covent Garden. Un rincón muy escondido y pequeño pero
que sin duda merece la pena visitar.
Estuvimos cinco días y seguro que faltaron sitios por
ver. Aunque creo que ni un mes es suficiente para conocer totalmente esta
hermosa ciudad. Siempre hay algo nuevo que hacer, que ver, que descubrir
Estuvimos cinco
días el ahorro fue nuestra forma de vida. Los lujos fueron comprar comida para
llevar, bocadillos a la española, galletas para picotear y mucho chocolate.
Algo que parece no acabarse nunca. Otra cosa no, pero los picnics improvisados
se convirtieron en la mejor forma de no perdernos ni un minuto del bullicio de
la ciudad. Disfrutamos de las calles, respiramos artes en cada esquina,
visitamos todos los museos, disfrutamos del comercio, de los parques, los
pequeños puestos de comida, del entretenimiento que parecía aflorar por cada
rendija, de la moda. Quien allá visitado Londres sabrá que la diversidad es su
fuerte y en cuanto a estilismos también. Y qué decir del transporte, todo muy
bien conectado, llegamos incluso a montar en bici y no morir arrolladas. Se
sabe que tenemos otro sentido de la orientación.
Durante esos cinco días me di cuenta que me
iría sin verlo todo, seguro que faltaron sitios por ver, por descubrir, y por
redescubrir. Aunque creo que ni un mes es suficiente para conocer totalmente
esta hermosa ciudad.
Pero de todo
me llevo sensaciones que perdurarán aun cuando tenga ochenta años. Sé que
conmigo se quedará su olor a café. No hay más que salir a la calle a las 8 de
la mañana para ver que ese es el olor de la ciudad, el color gris de algunos
edificios y de su famoso cielo nublado y el verde tan intenso de los parques.
Londres es una ciudad cosmopolitita, inolvidable, diferente. Es un placer caminarla, andar en metro, bus,
o incluso en bicicleta. Te atrapa desde un primer momento, te envuelve en su
atmósfera victoriana, a la par que moderna. Te regala una visión diferente del
mundo. Esa, donde todos somos pequeños, pero que formamos parte del lugar en
que estamos en ese preciso momento. Puedes caminar solo, pero siempre estarás
rodeado de personas que caminan hacia algún lugar. Si algo disfrute a loa
grande, era pararnos a descansar y sentarnos en un banco para contemplar a las
personas. Entonces yo trataba de imaginarme sus vidas más allá de sus rostros,
creía saber que harían después del trabajo o hacía donde se dirigían. Me
encantaba verlos disfrutando de un rato del sol, tumbados en un parque.
Familias enteras disfrutando de darle migas de pan a los patos. Ancianos
sentados, hablando de las últimas noticias y parejas de enamorados sacándose
fotos para inmortalizar ese momento. Resulta tan agradable pasear por sus
calles..., encontrábamos preciosos y delicados detalles sin esforzarnos
demasiado. En definitiva, se puede definir Londres con muchas palabras pero yo
puedo resumirlo con una sola: “embriagadora”.
Pensé en que
viajar es precisamente eso; coexistir y
enamorarse de aquello que nos es diferente, que la vida no se mide por
pertenencias, se mide en experiencias. Por eso. En mi último día allí, quería
ver la ciudad desde lo alto y decidimos subir al London Eye. Disfrutamos de una
hermosa atardecer, y las vistas fueron impresionantes. En ese preciso momento me
di cuenta de lo que realmente me llena y me hace feliz. Sabía que ese viaje
sería el principio de muchos y en mi cabeza se forjo una meta: conocer el
mundo.
Sé que me
enamoré de Londres, cuando puse mis pies en ella. No deja de sorprenderme
porque tienes mil y una cosas para hacer cada día. Pero lo mejor es que conoces
gente de otros países, con diferentes formas de pensar, conviviendo en un mismo
lugar, sin molestarse unos a otros. Te ayuda a abrir la mente. Estar
allí es ver la vida fluir en sus diferentes formas.
Londres
fue más que un viaje, fue el comienzo de muchos.
Por cierto, me llamo Laura, tengo treinta y ocho
años. Y he contado la experiencia de mi primer viaje a una edad en la que
muchos ya conocían medio mundo. Pero mi experiencia fue mucho más que visitar
un lugar, fue descubrirme en cada rincón, en cada huella y en cada pálpito que
me decía que aún me queda mucho por conocer.
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