martes, 1 de julio de 2014

Descubriendo a Laura- Sibisse

Descubriendo a Laura

El tiempo pasa y  no nos pide permiso para seguir avanzando tan rápidamente. Había pasado la edad donde los sueños aún se cumplen. Pero la rutina de la espera me cogió desprevenida y me enganche a una vida de horarios preestablecidos y esperas interminables. Siempre esperando. Esperando una señal, como siempre.


Me había acostumbrado a dejarme guiar por los letreros luminosos.
Y el tiempo paso inexorable. Cuando me di cuenta la vida se agolpaba en mis sienes y los cuarenta estaban a la vuelta de la esquina.  Las canas ya hacían acto de presencia y mi cuerpo parecía no querer llegar a los ochenta. 
Recuerdo muy bien cuando tomé la decisión. Me habían echado  de mi último trabajo, uno de tantos. Lo malo de la crisis es que ya a los treinta parece que eres demasiado mayor  para trabajar, lo bueno, es que desarrollas una capacidad de adaptación impresionante. Trabajé de todo un poco, me forme en todo lo que decían que era adecuado. Mi currículo llego a tener hasta tres páginas con tanto curso, prácticas laborales y mini trabajos.  Pero esa no era la vida que yo quería.
Hacía mucho tiempo desde mi último viaje. Puede que antes de cumplir los treinta. Recuerdo ir a Port Aventura con un grupo de amigos de la carrera.  Antes, cuando la vida aún parecía sorprendernos, y el tiempo aún no corría demasiado rápido. Antes, cuando aún quedaba tiempo para alcanzar todo aquello que queríamos. Y  Todo aquello  que queríamos fue difuminándose entre años y deberes.
Me despidieron un mes de febrero y lejos de desesperarme una vez más, decidí  poner un dedo en el mapa con rumbo a ninguna parte. Mi dedo señaló Inglaterra, como país de destino.
Ya sé que es un lugar que todo el mundo conoce, que desde España no queda tan lejos, que todo el mundo ha estado allí al menos una vez. Pero en mi caso yo nunca antes había pisado suelo inglés. Tan solo conocía ese rincón del mundo, gracias a películas y fotografías. Además, sería también la primera vez que viajase sola en un avión. La primera vez que vería las nubes fundirse con el cielo. La primera vez que… todo volvería a renacer.
Hablé con una amiga, algo más viajera que yo, pero que también llevaba un tiempo sin viajar. La convencía para ir una semana. El tiempo suficiente para querer volver.
Ella, algo más experta que yo en viajes, me aconsejo del clima, su cultura, me habló de los mejores lugares para ir a comer y dejo que fuesen mis ojos los que juzgases los lugares más emblemáticos.
Soy una persona a la que le encanta hacer listas y poner un tic cuando algo se ha cumplido. Para esté viaje no iba a hacer menos, y me compré una bonita libreta para anotar cada lugar que quería inmortalizar.
Los preparativos previos, fueron una odisea. Mi maleta nunca cerraba y tenía la sensación de que todo era necesario. Nada podía quedarse atrás: ni el chubasquero, ni el abrigo de plumas, ni las cinco jerséis de cuello alto, ni tan siquiera mis calcetines de lana.
Mi amiga me llamó exagerada, que con algo de ropa de abrigo me bastaba, pero que no era necesario tanto.  Teniendo en cuenta que íbamos en abril, no moriríamos de frío, pero tampoco esperábamos volver, con un moreno obrero en nuestros brazos faltos de sol.
Llego el día y la noche anterior, el baño se convirtió en la segunda habitación más transitada de mi piso. Jamás hubiera pensado que algo me emocionaría tanto. Parecía una niña pequeña a la espera de abrir sus regalos de navidad o de cumpleaños. La imagen era tan patética que llamé a mis padres  para decirles que los echaría de menos y que cuidasen de Titán, nuestro perro que nunca envejece.  Al verme por Skype, pálida y con ojeras pensaron que me había enfermado. Lo mío no era ninguna enfermedad, era la emoción contenida en el estómago.
El día ansiado llamó a la puerta. Estaba deseando subirme al avión y contemplar las nubes desde lo alto.  Llegamos al aeropuerto de Gatwick, de ahí tomamos un tren hacia la estación de estación Victoria y de ahí, a la estación de Westminster. Nada más salir de allí y ver las increíbles vistas del Big Ben me había dado cuenta de que lo había conseguido, estaba en Londres, esa ciudad tan conocida por muchos, a la que odias o quieres profundamente. Londres, la antigua Londinum. Donde historia y la arqueología conviven con la modernidad de una ciudad que respira cambio. La ciudad del Támesis. Sentí como el mundo detenía, fuera,  todo era ruido y más ruido, dentro de mí, todo era silencio y lentitud. Quería retener ese momento en mi retina, alargarlo y hacerlo eterno en mi memoria. Recuerdo que me quede pensado, que era esto lo que andaba buscando, lo que llenaba ese vacío que sentía hace ya demasiado tiempo. Era esto, sí. Era la necesidad de volver a creer en algo llamada magia. Tal vez no la vea, no pueda describirla, pero sé que esa sensación perdurará por siempre en mi retina y en cada apliegue de mi piel.
Después de sacarnos mil fotos, visitamos Abadía deWestminster y luego nos dirigirnos hacia nuestro hostal. Lo cierto es que esperaba un sitio pequeño, con sábanas desteñidas y baños clausurados, por no pasar una inspección de sanidad. Y sin embargo, aquel lugar era bastante habitable, limpio y hasta cómodo. Compartimos con gente de todas partes, y puedo decir que nunca tuvimos ningún problema.
Siempre recordaré esos  días en Londres. Las caminatas intensas, la mezcla de culturas, la sensación de estar en un lugar donde nunca se descansa y todo parece inagotable.  Llegamos y conocimos Hyde Park, el Serpentine Lake, el Albert Memorial, el Royal Albert Hall y Knightsbridge; al día siguiente fuimos al emblemático Big Ben, la Abadía deWestminster, al museo Madame Tussauds y nos subimos al London Eye.

Así pasaron los días, sin guías, sin tour.  Fuimos  al palacio de Buckingham Piccadilly Circus, Traflagar Square, Green Park,  el Tower Birdge, Abbey, Neal´s Yard Posiblemente el rincón más colorido de Londres se encuentra en el barrio de Covent Garden. Un rincón muy escondido y pequeño pero que sin duda merece la pena visitar.

Estuvimos cinco días y seguro que faltaron sitios por ver. Aunque creo que ni un mes es suficiente para conocer totalmente esta hermosa ciudad. Siempre hay algo nuevo que hacer, que ver, que descubrir

Estuvimos cinco días el ahorro fue nuestra forma de vida. Los lujos fueron comprar comida para llevar, bocadillos a la española, galletas para picotear y mucho chocolate. Algo que parece no acabarse nunca. Otra cosa no, pero los picnics improvisados se convirtieron en la mejor forma de no perdernos ni un minuto del bullicio de la ciudad. Disfrutamos de las calles, respiramos artes en cada esquina, visitamos todos los museos, disfrutamos del comercio, de los parques, los pequeños puestos de comida, del entretenimiento que parecía aflorar por cada rendija, de la moda. Quien allá visitado Londres sabrá que la diversidad es su fuerte y en cuanto a estilismos también. Y qué decir del transporte, todo muy bien conectado, llegamos incluso a montar en bici y no morir arrolladas. Se sabe que tenemos otro sentido de la orientación.

Durante esos cinco días me di cuenta que me iría sin verlo todo, seguro que faltaron sitios por ver, por descubrir, y por redescubrir. Aunque creo que ni un mes es suficiente para conocer totalmente esta hermosa ciudad.


Pero de todo me llevo sensaciones que perdurarán aun cuando tenga ochenta años. Sé que conmigo se quedará su olor a café. No hay más que salir a la calle a las 8 de la mañana para ver que ese es el olor de la ciudad, el color gris de algunos edificios y de su famoso cielo nublado y el verde tan intenso de los parques. Londres es una ciudad cosmopolitita, inolvidable, diferente.  Es un placer caminarla, andar en metro, bus, o incluso en bicicleta. Te atrapa desde un primer momento, te envuelve en su atmósfera victoriana, a la par que moderna. Te regala una visión diferente del mundo. Esa, donde todos somos pequeños, pero que formamos parte del lugar en que estamos en ese preciso momento. Puedes caminar solo, pero siempre estarás rodeado de personas que caminan hacia algún lugar. Si algo disfrute a loa grande, era pararnos a descansar y sentarnos en un banco para contemplar a las personas. Entonces yo trataba de imaginarme sus vidas más allá de sus rostros, creía saber que harían después del trabajo o hacía donde se dirigían. Me encantaba verlos disfrutando de un rato del sol, tumbados en un parque. Familias enteras disfrutando de darle migas de pan a los patos. Ancianos sentados, hablando de las últimas noticias y parejas de enamorados sacándose fotos para inmortalizar ese momento. Resulta  tan agradable pasear por sus calles..., encontrábamos preciosos y delicados detalles sin esforzarnos demasiado. En definitiva, se puede definir Londres con muchas palabras pero yo puedo resumirlo con una sola: “embriagadora”.


Pensé en que viajar es precisamente eso; coexistir y  enamorarse de aquello que nos es diferente, que la vida no se mide por pertenencias, se mide en experiencias. Por eso. En mi último día allí, quería ver la ciudad desde lo alto y decidimos subir al London Eye. Disfrutamos de una hermosa atardecer, y las vistas fueron impresionantes. En ese preciso momento me di cuenta de lo que realmente me llena y me hace feliz. Sabía que ese viaje sería el principio de muchos y en mi cabeza se forjo una meta: conocer el mundo.
Sé que me enamoré de Londres, cuando puse mis pies en ella. No deja de sorprenderme porque tienes mil y una cosas para hacer cada día. Pero lo mejor es que  conoces gente de otros países, con diferentes formas de pensar, conviviendo en un mismo lugar, sin molestarse unos a otros. Te ayuda a abrir la mente. Estar allí es ver la vida fluir en sus diferentes formas.
Londres fue más que un viaje, fue el comienzo de muchos.
Por cierto, me llamo Laura, tengo treinta y ocho años. Y he contado la experiencia de mi primer viaje a una edad en la que muchos ya conocían medio mundo. Pero mi experiencia fue mucho más que visitar un lugar, fue descubrirme en cada rincón, en cada huella y en cada pálpito que me decía que aún me queda mucho por conocer.


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