¿Te acuerdas de
aquel viaje?
Mientras conduzco, te observo de reojo. Mirando al horizonte,
dejas que el viento que entra por la ventana te despeine. Deslumbras tanto que
hasta me da envidia, envidia de que a través de ti todo sea luz. Se te ve tan
tranquila…
Cuando
llegamos a la playa, te descalzas y vas corriendo hacia la orilla. Yo, como
siempre, me quedo atrás, con la pereza que me caracteriza, estirando los
brazos, mirando como bailas con las olas, oyendo como tu risa se une al mar.
- Pero, ¿de
verdad no te vas a bañar?- me miras sorprendida, como el niño que no entiende
al adulto que acude a la oficina con
traje y corbata.
- El agua está
helada. Estamos en marzo, no es tiempo de nadar ahora.
- ¿Y quién lo
dice?
Me encojo de
hombros. No sé qué contestar. Casi me molesta que te cueste tan poco meterte en
el agua, disfrutar de todo con esa sencillez tan hermosa. Espero con paciencia
a que dejes de jugar, hasta que te sientas junto a mí, tiritando.
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Al día
siguiente, bajo a desayunar ya de mal humor. Te encuentro en una mesa, en la
terraza. A pesar de no ir maquillada, ni llevar ropa elegante, estás guapísima.
Siempre has parecido más joven que yo, aunque tengamos la misma edad.
- ¿Por qué no
me has despertado?- gruño, mientras me siento frente a ti.
- Estabas
durmiendo.- me miras sorprendida.- Me he levantado muy pronto.
- La cama es
una mierda.- me quejo. – Y eres una desordenada.
Me sirvo un café. Tus ojos se llenan de
paciencia, no te atreves a contestar.
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Mientras
el sol se alza sobre nuestras cabezas, caminamos por el pueblo.
Oigo tus pasos detrás
de mí. Sin mirar atrás, sé cómo te mueves, mirando las calles que se cruzan,
deteniéndote en los escaparates, tomando fotografías de las flores en las
ventanas, del niño que pasa en bicicleta.
- ¡A este paso
no vamos a llegar a verlo todo!- mientras la espero, saco de nuevo el plano.
Me miras,
divertida. No puedo evitar sonreír, tu alegría triunfa ante mi impaciencia. Me
dejo llevar por tus manos, perdiéndonos en ningún sitio, olvidando el tiempo,
los puntos señalados en la guía, construyendo los recuerdos que nos marquen.
Las rectas de mi mente se convierten en borrosas líneas de dudoso trazado,
caleidoscopio de sensaciones del presente.
Ya no soy esa
persona neurótica. No miro el reloj, ya no me preocupa el dinero que llevo en
la cartera. No nos importa. Comemos en cualquier sitio, pero nos detenemos en
un pequeño local donde nos dan un masaje. Me divierte tu espontaneidad, me dejo atrapar por tu visión del
mundo. Nos reímos de mi inglés cuando hablo con cualquiera. Normalmente no
habría preguntado a nadie, ahora es diferente, hablo con todas las personas a
las que regalas tu sonrisa.
Parece
que la magia nos envuelve. Todo cumple un perfecto equilibrio. La luz que baña tus hombros descubiertos. El sonido del viento me susurra al oído que no hay
nada más hermoso que el aquí y el ahora. El tacto de la arena en mis pies
descalzos. La armonía de la asimetría, de lo incompleto, de lo perfectamente
imperfecto.
Por la noche,
pienso que quiero estar siempre a tu lado. Te abrazo con mis sueños, me acoges
en tu mundo, siempre paralelo y a la vez más real que el mío. Cuando veo que mi
vida sucede deprisa, te observo siempre consciente de lo presente, y de pronto,
el tiempo se detiene.
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Esta mañana no estabas desayunando.
Los latidos de
mi corazón me han gritado que te busque, cuando al volver a la habitación no
hay rastro de ti. Ese desorden que siempre me ha angustiado, ahora lo
extraño.
He estado en
la playa y las olas me han devuelto el frío de tu ausencia. La gente me parece
irreal, pasean sin rostro como personajes secundarios, extras de una película.
Deambulo por
las calles en una pesadilla consciente. Has desaparecido y, sin embargo, soy yo
quien tiene la sensación de haberse perdido. Sin ti, la relación con este lugar
no tiene sentido. No puedo repetir los pasos que dimos, como si el camino
recorrido se hubiera borrado.
No estás.
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¿Recuerdas el viaje que nunca hicimos?
Las veces que
hablamos de que iría alguna vez a visitarte a Asturias, durante aquella
temporada en la que tuviste que vivir sola, sin conocer a nadie allí. De cuando
te destinaron a Barcelona, y nunca tuve tiempo para reservar el billete de
tren.
Hablábamos por
teléfono y siempre nos despedíamos con un “te iré a ver pronto” y un “estás
invitada siempre”. Después, cuando volviste a Madrid, hablamos de ir juntas a
la playa.
Pero ese día
nunca llegó. Llegaron otros momentos, como cuando cambiaste de trabajo, como
cuando me fui a vivir con mi novio, como cientos de excusas que retrasaban una
vez y otra la fecha de aquel viaje. Y entonces lo que sucedió fue esa llamada,
la que me hiciste cuando ingresaste en el hospital.
¿Por qué ahora
veo lo fácil que era estar contigo? Todo hueco en la agenda que sacaba a duras penas
para llamarte, ahora se dilata. El coche que nunca nos llevó a la playa se ha
transformado en el tren que me lleva al hospital cada tarde.
Te cojo de la
mano. No hay respuesta visible en tu rostro, pero quiero pensar que reconoces
el calor de mis manos. El viento ya no puede despeinarte. Tu piel hace mucho
que no ve el sol, apenas refleja la fría luz de las bombillas, y el goteo de
las bolsas de medicamentos son las olas que nos marcan ahora el tiempo.
¿Te acuerdas de aquel viaje? Ahora,
las cosas que nunca hicimos me queman por dentro. El egoísmo fabrica recuerdos
con el hilo de nuestros sueños. Tu enfermedad ha roto el espejo que ya no
reflejará nuestra imagen, el reloj de arena del tiempo que habíamos querido
acumular para más adelante.
Nada nos será devuelto.
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