martes, 1 de julio de 2014

¿Te acuerdas de aquel viaje?- Adastra

¿Te acuerdas de aquel viaje?

Mientras conduzco, te observo de reojo. Mirando al horizonte, dejas que el viento que entra por la ventana te despeine. Deslumbras tanto que hasta me da envidia, envidia de que a través de ti todo sea luz. Se te ve tan tranquila…




Cuando llegamos a la playa, te descalzas y vas corriendo hacia la orilla. Yo, como siempre, me quedo atrás, con la pereza que me caracteriza, estirando los brazos, mirando como bailas con las olas, oyendo como tu risa se une al mar.

- Pero, ¿de verdad no te vas a bañar?- me miras sorprendida, como el niño que no entiende al adulto que  acude a la oficina con traje y corbata.
- El agua está helada. Estamos en marzo, no es tiempo de nadar ahora.
- ¿Y quién lo dice?

Me encojo de hombros. No sé qué contestar. Casi me molesta que te cueste tan poco meterte en el agua, disfrutar de todo con esa sencillez tan hermosa. Espero con paciencia a que dejes de jugar, hasta que te sientas junto a mí, tiritando.

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Al día siguiente, bajo a desayunar ya de mal humor. Te encuentro en una mesa, en la terraza. A pesar de no ir maquillada, ni llevar ropa elegante, estás guapísima. Siempre has parecido más joven que yo, aunque tengamos la misma edad.

- ¿Por qué no me has despertado?- gruño, mientras me siento frente a ti.
- Estabas durmiendo.- me miras sorprendida.- Me he levantado muy pronto.
- La cama es una mierda.- me quejo. – Y eres una desordenada.

 Me sirvo un café. Tus ojos se llenan de paciencia, no te atreves a contestar.

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Mientras el sol se alza sobre nuestras cabezas, caminamos por el pueblo.

Oigo tus pasos detrás de mí. Sin mirar atrás, sé cómo te mueves, mirando las calles que se cruzan, deteniéndote en los escaparates, tomando fotografías de las flores en las ventanas, del niño que pasa en bicicleta.

- ¡A este paso no vamos a llegar a verlo todo!- mientras la espero, saco de nuevo el plano.
Me miras, divertida. No puedo evitar sonreír, tu alegría triunfa ante mi impaciencia. Me dejo llevar por tus manos, perdiéndonos en ningún sitio, olvidando el tiempo, los puntos señalados en la guía, construyendo los recuerdos que nos marquen. Las rectas de mi mente se convierten en borrosas líneas de dudoso trazado, caleidoscopio de sensaciones del presente.

Ya no soy esa persona neurótica. No miro el reloj, ya no me preocupa el dinero que llevo en la cartera. No nos importa. Comemos en cualquier sitio, pero nos detenemos en un pequeño local donde nos dan un masaje. Me divierte tu espontaneidad, me dejo atrapar por tu visión del mundo. Nos reímos de mi inglés cuando hablo con cualquiera. Normalmente no habría preguntado a nadie, ahora es diferente, hablo con todas las personas a las que regalas tu sonrisa.

Parece que la magia nos envuelve. Todo cumple un perfecto equilibrio. La luz que baña tus hombros descubiertos. El sonido del viento me susurra al  oído que no hay nada más hermoso que el aquí y el ahora. El tacto de la arena en mis pies descalzos. La armonía de la asimetría, de lo incompleto, de lo perfectamente imperfecto.

Por la noche, pienso que quiero estar siempre a tu lado. Te abrazo con mis sueños, me acoges en tu mundo, siempre paralelo y a la vez más real que el mío. Cuando veo que mi vida sucede deprisa, te observo siempre consciente de lo presente, y de pronto, el tiempo se detiene.

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Esta mañana no estabas desayunando.

Los latidos de mi corazón me han gritado que te busque, cuando al volver a la habitación no hay rastro de ti. Ese desorden que siempre me ha angustiado, ahora lo extraño. 
He estado en la playa y las olas me han devuelto el frío de tu ausencia. La gente me parece irreal, pasean sin rostro como personajes secundarios, extras de una película.
Deambulo por las calles en una pesadilla consciente. Has desaparecido y, sin embargo, soy yo quien tiene la sensación de haberse perdido. Sin ti, la relación con este lugar no tiene sentido. No puedo repetir los pasos que dimos, como si el camino recorrido se hubiera borrado.

No estás.

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¿Recuerdas el viaje que nunca hicimos?

Las veces que hablamos de que iría alguna vez a visitarte a Asturias, durante aquella temporada en la que tuviste que vivir sola, sin conocer a nadie allí. De cuando te destinaron a Barcelona, y nunca tuve tiempo para reservar el billete de tren.
Hablábamos por teléfono y siempre nos despedíamos con un “te iré a ver pronto” y un “estás invitada siempre”. Después, cuando volviste a Madrid, hablamos de ir juntas a la playa.

Pero ese día nunca llegó. Llegaron otros momentos, como cuando cambiaste de trabajo, como cuando me fui a vivir con mi novio, como cientos de excusas que retrasaban una vez y otra la fecha de aquel viaje. Y entonces lo que sucedió fue esa llamada, la que me hiciste cuando ingresaste en el hospital.

¿Por qué ahora veo lo fácil que era estar contigo? Todo hueco en la agenda que sacaba a duras penas para llamarte, ahora se dilata. El coche que nunca nos llevó a la playa se ha transformado en el tren que me lleva al hospital cada tarde.

Te cojo de la mano. No hay respuesta visible en tu rostro, pero quiero pensar que reconoces el calor de mis manos. El viento ya no puede despeinarte. Tu piel hace mucho que no ve el sol, apenas refleja la fría luz de las bombillas, y el goteo de las bolsas de medicamentos son las olas que nos marcan ahora el tiempo.

¿Te acuerdas de aquel viaje? Ahora, las cosas que nunca hicimos me queman por dentro. El egoísmo fabrica recuerdos con el hilo de nuestros sueños. Tu enfermedad ha roto el espejo que ya no reflejará nuestra imagen, el reloj de arena del tiempo que habíamos querido acumular para más adelante.

Nada nos será devuelto.

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